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Full text of "A cara o cruz, novela"

ñ CfiRñ O CRUZ 



Selección Pueyo. 



Tomo I. 



ñ. PALACIO VñLDÉS 

ñ cara o cruz 

NOVELñ 




EDITORIAL PUEYO, S. L 

ñREMñL, 6, MADRID 



ES PROPIEDAD 



De aquellos mis antiguos ami- 
gos y conocidos del Ateneo y la 
Cervecería Inglesa, con cjuien más 
me complace tropezar es con Julio 
Sam£>er. 

Le kallé ayer tarde en el £>arcj[ue 
del Retiro: estaba sentado en uno 
de los bancos de madera y tenía el 
sombrero en la mano. 

Inserto este detalle insignificante. 



A. Palacio Valdés. 

no a título ele color local, sino para 
dejar establecido c[ue kacía calor. 

Samper es hombre de mucko in- 
genio y un autor iracasado. Empezó 
por la crítica y llegó a adquirir algún 
renombre y kacerse temible, porc(ue 
tiene talento, cultura, gusto y estilo. 
El demonio le tentó, sin embargo, 
al cabo, y* tuvo la infausta ocurren- 
cia de escribir un drama. 

¡Ax[uí fué Troya! El drama no 
era bueno; ¡pero sus muckos enemi- 
gos lograron c[ue pareciese korrible 
al público. Digo, pues, c[ue fué es- 
pantosamente silbado. Luego, bus- 
cando el desquite, publicó un tomo 
d$ versos. Estos, c(ue tampoco eran 
buenos, fueron silbados en secreto, 
8 



A cara o cruz. 

esto es, nadie los compró. Desme- 
chado dejó de escribir, y esto es lo 
mejor c[ue se puede hacer cuando no 
se tiene el sistema nervioso Lien 
equilibrado y una tía vieja le ha de- 
jado a uno bastante con c[ue vivir. 

La conversación de Samper es 
de lo más divertido que cualquiera 
puede figurarse. ¿Cómo un hombre 
tan ameno ha podido escribir dramas 
y versos tan soporíferos? El mundo 
literario está lleno de contradiccio- 
nes. Verdad c[ue al atractivo de su 
palabra contribuye, en ¿ran manera, 
la mímica. Samper tiene un talento 
portentoso para imitar la voz, los 
¿estos y ademanes de las personas 
que quiere representar. Además es 
9 



A. Palacio Valdés. 

feo y sabe sacar partido de su feal- 
dad. Opino c[ue ka errado la voca- 
ción. Hubiera kecko un gran actor 
cómico, pero nunca me ke atrevido 
a decírselo. 

— ¡Atraca, canalla! — me ¿rito al 
verme — . No es kora de trotar como 
jumentos, sino de rebosar como cris- 
tianos. 

Me senté a su lado, me enteró 
de su salud, él se enteró de la mía, 
y kaklamos gestes de los últimos 
litros publicados. Cuando nos kar- 
tamos (pues kasta las cosas más dul- 
ces fatigan), le pregunté: 

— Tú estás casado, ¿verdad? 

—Sí, estoy casado. 

— ¿Por segunda vez? 

W 



A cara o cruz. 



—No, por primera. 

—Pues me kakían dicko... 

— Es decir, legalmente me casé 
dos veces; pero moral y material- 
mente me casé una sola. 

—¡Explícame eso!— le dije riendo. 

Guardó silencio unos instantes. 

—Para explicártelo necesitaría con- 
tarte la kistoria de mi matrimonio y 
es tarea larga... ¿Tienes prisa? 

— Ya lo creo c[ue tengo prisa..., 
¡por oirte! 

—Pues escucka mi kistoria priva- 
da, puesto c[ue la púklica ka tras- 
cendido ya a todos los países extran- 
jeros. No empezaré generalizando, 
como nuestros antiguos y venerakles 
catedráticos de la Universidad. Te 
// 



A. Palacio Valdés. 

diré en concreto, c[ ue kace algunos 
años yo no tenía una peseta. 
—Lo sabía. 

— ¡Ak!, ¿lo sabías? Es natural; 
los pormenores más íntimos de los 
grandes kombres no pueden Quedar 
en la oscuridad. Pues bien, como 
no tenía una peseta vivía desastrosa- 
mente en una fementida pensión de 
la calle de Jardines, durmiendo, como 
cuenta la tradición de San Alejo, 
debajo de la escalera, cuya pensión 
pagaba con intermitencias, porgue 
con intermitencias me pagaban los 
artículos en el periódico. Pero la 
Providencia, c[ue kabía tomado en 
serio no kacerme perecer de inani- 
ción, me deparó una tía, vieja y rica. 
12 



A cara o cruz. 

La Providencia tiene de vez en 
cuando felices invenciones, y una de 
ellas fué ésta. No obstante, antes de 
llegar a la bienaventuranza ke debido 
padecer muckas y duras pruebas, 
cual si Dios cjuisiera purificarme de 
los malos dramas y versos c[ue en la 
tierra kice. Porcjue esta tía era, so- 
bre toda ponderación, impertinente, 
gruñona y enferma. Su dulce manía 
era la terapéutica. Tenía todas las 
enfermedades descritas en los libros 
de medicina y algunas más de su in- 
vención particular. Adoraba la far- 
macopea, lo mismo la española c(ue la 
extranjera; tomaba de vez en cuando 
el Viático y la Extremaunción por 
coquetería. Excuso decirte c[ue yo 
73 



i4. Palacio Valdés. 

alentaba esta pasión, esmerando sacar 
Je ella el fruto apetecido. Siembre 
cjue mis recursos lo consentían le 
llevaba algún frasco con un nuevo 
específico, c[ue ella recibía siempre 
con espasmos de alegría, como una 
niña de diez y seis años a q[uien re- 
galasen un ramo de camelias. Me 
dirás c[ue esto era ser un reptil. No 
bay c[ue dudarlo; era un reptil in- 
mundo. ¿Pero es c[ue iba a dormir 
toda la vida debajo de la escalera 
como San Alejo? 

Esperaba , pues , confiadamente 
c[ue estos productos Químicos me 
librasen al cabo de dicba escalera. 
Pero ¡ob, desengaño amargo!, un día 
supe por la criada cpie todas las re- 
14 



A cara o cruz. 

cetas del médico y todos mis espe- 
cíficos iban dereckos a la alcantarilla. 
Mi tía era una mujer sin cultura, 
pero muy profunda. Esta traición 
acibaró mi existencia. Al cabo, como 
todo el mundo se muere cuando 
llega la kora, con Química o sin Quí- 
mica, mi tía entregó su alma a Dios 
y su cuerpo a la tierra una fresca 
mañana de primavera. 

Sin pérdida de tiempo fui a ins- 
talarme en el kotelito de mazapán, 
donde kabitaba, en ese sitio absurdo 
c[ue llaman la Prosperidad. Después 
de arreglar la cuestión de la kerencia 
pasé un mes sin kacer otra cosa c[ue 
darme tono de propietario, fumando 
y bebiendo copitas de cognac en el 
15 



A. Palacio Valdés. 

jardín. Conservé a la criada de mi 
tía y tomé un secretario particular. 
¿Sal es a c(uién kice mi secretario? 
¿Te acuerdas de ac[uel Pena c[ue 
asistía con nosotros a la Cervecería 
Inglesa, siempre con la camisa sucia, 
porgue, según decía Luis Taboada, 
no data las camisas a lavar, sino a 
ensuciar? Pues ese pobre Pena, em- 
pleado en una casa de comercio de 
la calle Nlayor y cuya única ambi- 
ción en este mundo era tomar café 
con nosotros y publicar algunos ver- 
sos en la Ilustración Española (c(ue 
nunca llegó a realizar), se bailaba en 
acuella época en una situación la- 
mentable. A pesar de ser un con- 
cienzudo empleado y llevar los libros 
16 



A cara o cruz. 

Jel comercio perlectamente, su prin- 
cipal, en cuanto se enteró Je cjue 
kacía versos, le puso Je patitas en la 
calle. No encontró colocación; agotó 
sus últimos recursos; le arrojaron Je 
toJas las casas Je kuéspeJes; Jormía 
en un portal, JonJe el portero, cari- 
tativo, le Jejaba recogerse por la no- 
che; tomata puñaJos Je bicarbona- 
to para apagar el kambre. Así le en- 
contré un Jía y le propuse kacerle 
mi secretario. Aceitó el empleo con 
lágrimas Je agraJecimiento. 

— ¿(j)ué Jebo kacer? — me pre- 
guntó. 

—Versos— le responJí. 

—¿Cómo versos?— replicó estu- 
pefacto. 

17 

2 



A. Palacio Valdés. 

—Sí, versos. De ocko de la ma- 
ñana a doce. Después de almorzar, 
puedes kacer lo c|ue Quieras kasta las 
once de la nocke, c[ue vendrás a bus- 
carme al Café ouizo |>ara retirarnos 
juntos. 

Yo no £>ude menos de reír, ex- 
clamando: 

— ¡CjXié original eres, Samjf)er! 

— ¿Pero en c[ué le kakía de em- 
plear? Yo no tengo negocios y es- 
cribo una carta cada dos m^ses. 

Entró, £>ues, a mi servicio y llenó 
reli ¿iosamente su cometido. Hasta 
su muerte, acaecida kace poco más 
de un año, logró componer nueve 
kilos de versos, c(ue guardo con todo 
esmero en legajos y pienso dejar en 
18 



A cara o cruz. 

testamento a la S ección de Manus- 
critos de la Biblioteca Nacional. 
Dentro de doscientos años, y recla- 
mado jpor los eruditos, seguramente 
se imprimirán a expensas del Estado. 

Mi vida comenzó a deslizarse 
dulce, serena, majestuosa, como- la 
de un dios. 




19 



CERCA Je mi casa (y ac(uí da co- 
mienzo la kistoria de mi matrimo- 
nio) habitaba un ¿izante llamado 
Salcedo, don Nlacrino Salcedo. 
Ocupaba un kotelito mucko más 
pequeño c[ue el mío, con ser éste 
muy pequeño, rodeado de un jardín 
proporcionado a su pequenez. Cuan- 
do los transeúntes le veían salir de 
su casa se miraban sorprendidos. No 
21 



A. Palacio Valdés. 

comprendían cómo ac[uel kombre 
podía permanecer toda la nocke en 
ella sin romperla por algún sitio. Yo 
imaginaba c[ue si algún día se decla- 
ra un incendio en el kotelito, don 
Macrino sería capaz de apagarlo eje- 
cutando sobre él la misma operación 
fisiológica c[ue Gulliver puso en 
práctica para extinguir el incendio 
del palacio real de Liliput. 

No recuerdo cómo le conocí. Me 
parece q[ue fué con ocasión de pa- 
garle el tranvía, porgue no llevaba 
moneda suelta y el cobrador tampo- 
co. ¡Cuántas amistades se anudan 
en Madrid por este kecko de pagar 
el tranvía! También se kacen fortu- 
nas. Ac[uel Zurita, q[ ue kabrás co- 
22 



A cara o cruz. 

nocido en el Ateneo y c[ue pronun- 
ciaba vekementes discursos en las 
juntas generales a propósito del car- 
tón de las estufas, por diez céntimos 
pagados en el tranvía se casó con 
una jamona muy rica y koy tiene 
cocke. 

Lo cierto es c[ue traté amistad 
con Salcedo, c[ue le fui a visitar a su 
casa alguna vez y cjue él vino mu- 
ckas más veces a visitarme a la mía. 
Tenía bastante más edad c(ue yo, 
unos cuarenta y cinco anos, y esta- 
ka empleado en el Ministerio de 
Hacienda. Era kien educado, aíatle 
y cortés, como lo son casi siempre 
los kombres de procer estatura. Los 
únicos salvajes benévolos, afectuosos 



A. Palacio Valdés. 

y confiados c[ue lialló Darwin en su 
viaje alrededor del mundo, fueron los 
famosos gigantes patagones, los kom- 
bres más corpulentos de la tierra. 

La rectitud de su juicio, su pala- 
bra grave, reposada, la extraordinaria 
firmeza de sus opiniones me lucie- 
ron su compañía grata en un princi- 
pio, pero concluyó por fatigarme. 
Don Macrino era demasiado razo- 
nable. Con la razón pasa, Querido 
amigo, como con los merengues; no 
se llega al séptimo sin sentir náu- 
seas. Pues bien, yo llegué pronto a 
eckar a don Macrino por las narices. 
Después de la estupidez, nada en- 
cuentro más aburrido c[ue la sen- 
satez. 

24 



A cara o cruz. 



Este ¿izante sensato tenía una 
esposa chic(uitita e insensata. La es- 
tatura Je esta señora era corta, muy 
corta. Quedaremos en cjue era una 
enana. Dime, amigo, ¿por c(ué los 
hombres gigantes se casan Je tan 
buena gana con las enanas, y las mu- 
jeres altas no tienen inconveniente 
en unirse a un tarugo? 

—Los fisiólogos kablan Je con- 
trastes, compensaciones, intereses Je 
la especie etcétera... 

Pues bien, Joña Rosario, aun- 
que tan menuJita, tenía más kígaJos 
c[ue su mariJo. Esto, por lo menos, 
se propalaba en el barrio. Mi coci- 
nera, narraba a este propósito infini- 
tos cuentos a Peña, y égte me los 
25 



A. Palacio Valdés. 

encajaba a mí. Decían c[ue Joña 
Rosario ataba tan corto a don Ma- 
crino en cuestión de dinero, c[ue no 
le daba más c[ue una peseta cuando 
iba a Madrid; de tal modo, c(ue el 
£>obre kombre, cierto día, a la vuel- 
ta, no £>udo juagar el tranvía a unas 
señoras vecinas. Contaban igualmen- 
te due, cuando cometía alguna falta, 
le castigaba kaciéndole dar cera a los 
pisos y limpiar los cristales; y cierta 
nocke, por no kaber llegado a la 
kora señalada, no c[uiso abrirle la 
puerta y se vio precisado a pernoc- 
tar en casa de un amigo. 

Me resistía a dar crédito a toda 
esta ckismo^raíía, porgue sé de an- 
ticuo cuánto crecen las kabladurías 
26 



A cara o cruz. 

al pasar Je una toca a otra. Sin em- 
bargo, las pocas veces c[ue tuve el 
konor Je kablar con acuella señora 
no q[uedé ¿ratamente impresionado. 
Sus ojos eran imponentes, y aunque 
se esforzaba en dulcificarlos, difícil- 
mente lo conseguía; se clavaban de 
modo tan insistente y altivo, c[ue no 
era posible sostener largo tiempo su 
mirada. Como yo no tenía interés 
alguno en sostenerla, procuraba, den- 
tro de la cortesía, evitar su encuen- 
tro. 

Mis entrevistas con Salcedo se 
efectuaban casi siempre en el jardín, 
sentados en un banco. Claro está 
c[ue si don Macrino extendiese las 
piernas tropezaría siempre con los 
27 



A. Palacio Valdés. 

muros de su casa; pero al fin nos 
bailábamos libres de los ojos de 
dona Rosario, y si bablábamos en 
voz de falsete, también de sus oídos. 

Cierta mañana en cjue Salcedo, 
dulcemente impresionado por el es- 
plendor de la luz, el canto de los 
pájaros y el rumor de la brisa, se 
mostraba efusivo basta el punto de 
q[ue, olvidando su gravedad y su es- 
tatura, me narró prolijamente la con- 
quista, por él realizada, de la esposa 
del jefe de su Negociado, no sin me- 
terme la boca por el oído y dirigir 
miradas de espanto a las ventanas 
del hotelito, me propuso de pronto 
lo siguiente: 

■—Amigo Samper— me dijo son- 
28 



A cara o cruz. 

riendo con increíble benevolencia y 
fosando su mano poderosa sobre mi 
kombro—, ¿Quiere usted c(ue ecke- 
mos boy una cana al aire? Tomamos 
el tranvía, nos dirijimos a la Bom- 
billa y allí almorzamos mano a mano 
un beefsteah con patatas sopladas, 
unos ríñones al jerez y unos lan¿os- 
tinitos, salpicado con una botella de 
Rioja. Después de tomar café nos 
vamos pian piano a la Casa de Carn- 
eo y nos damos un jf>aseíto kigiéni- 
co. Al caer la tarde volvemos a Ma- 
drid, bebemos un bock de cerveza 
en el Oriental v a casita... ¡Ek! 
le parece a usted el {^rogramita? 

— ¡Admirable! 

—Pues a ello. 

29 



A. Palacio Valdés. 

Entróse Salcedo en su casa a 
cambiar de calzado y a prevenir a su 
esposa, y yo le esmeré tranquilamen- 
te sentado en el jardín. Pero esta 
tranquilidad se trocó al poco tiempo 
en sobresalto, cuando acerté a oir la 
voz aguda de doña Rosario, aunque 
sin {>ercibir claramente su discurso. 
A mis oídos llegaron sólo algunas 
palabras sueltas nada melifluas . . . 

¿Juerguecita, ek?. . . ¡Badulaque! . . . 
¡Viejo verde!" Eran las notas estri- 
dentes de un violín mal tocado, al 
cual respondía el contrabajo de don 
Nlacrino, con sonidos profundos, 
cavernosos, entre los cuales nunca 
£>ude percibir frase alguna. 

Yo estaba un poco corrido y ya 
30 



A cara o cruz. 

me disponía a retirarme en silencio 
de la morada de Salcedo, cuando 
apareció éste de nuevo en la puerta, 
con £>aso vacilante, los ojos turbados 
y las orejas coloradas. 

— Sabe usted, amigo Sam£>er..., 
Rosario se encuentra un poco deli- 
cada..., y £>or otra parte, akora re- 
cuerdo c[ue boy no puedo faltar a la 
oficina de ningún modo. 

— Nada bay perdido, amigo Sal- 
cedo. Yo tampoco ando bien boy 
del estómago y un pequeño exceso 
pudiera bacerme daño. 

Don Macrino vio el cielo abier- 
to. Agradeció enormemente mis pa- 
labras y se mostró conmigo tan efu- 
sivo y cariñoso, c|ue me costó tra- 
31 



A. Palacio Valdés. 

bajo reprimir la risa. Saq[ué la peta- 
ca, le ofrecí un cigarro y nos pusi- 
mos a departir amigablemente como 
antes. 

Como sabes cjue soy malinten- 
cionado, kice cjue nuestra conversa- 
ción viniera a parar al feminismo. 
Comuniqué a don Macrino las úl- 
timas noticias acerca de este tema 
interesante. Las mujeres ganaban te- 
rreno en todas partes, en Rusia, en 
Inglaterra, sobre todo en los Insta- 
dos Unid OS. 

—¿Pero c(ué es lo q[ ue piden las 
mujeres? — preguntaba Salcedo. 

—No piden; exigen. 

—Bueno, ¿c(ué es lo c( ue exigen? 

—Que se les conceda el voto, 
32 



A cara o cruz. 

para elegir y ser elegibles, como nos- 
otros, los representantes del país. 

— Eso no es serio, amigo Sam- 
per. Las mujeres nada entienden de 
política y menos de administración. 
A mí, cjue soy kombre, me ka cos- 
tado cinco anos de trabajo, cuando 
estuve empleado en Fomento, el en- 
terarme por completo del ramo de 
siniestros marítimos, y más de tres 
la tramitación de los expedientes de 
minas. 

— Pues ellas afirman c[ue todo eso 
es falso y c(ue son tan capaces o más 
c[ue nosotros, no sólo para dirigir 
una oficina, sino para administrar un 
Municipio y ponerse al frente de un 
Ministerio. 

33 

3 



A. Palacio Valdés. 

La faz Je don Macrino se con- 
trajo con una sonrisa Je lástima. 

— Dejemos esas locuras, amigo 
SamjDer — profirió kacienJo aJemán 
Je barrerlas. 

—No es posible Jejarlo, j3orc[ue 
constituye akora el problema más 
canJente. 

— ¡Pero no com£>renJe usteJ, mi 
c[ueriJo amigo, c[ue la cajDaciJaJ 
mental Je la mujer es inferior a la 
Jel kombre, c(ue su carácter es Jébil 
e irresoluto, c(ue es inconstante en 
sus opiniones y frivola en sus ins- 
tintos, 4 ue P ov ^ e y de Dios y Je la 
naturaleza está JestinaJa a ser Jirigi- 
Ja, a obeJecer y no manjar! 

— Ellas no Quieren com£>renJer 
34 



A cara o cruz. 

semejante cosa, y juran cjue kan de 
obtener el voto, o la especie humana 
concluirá el día menos pensado. 

—¿Entonces habrá diputadas y 
senadoras?— preguntó don Macrino 
con sonrisa meíistofélica. 

-¡Ya lo creo! El Parlamento de 
Finlandia cuenta hoy con cinco di- 
os femeninos. 
— ¿Y cualquier día pondremos al 
frente del Ministerio de Hacienda a 
una señorita? 

— Nada más posible. Verá us- 
ted... (Te confieso c(ue aejuí comen* 
ce a (altar descaradamente a la 
verdad). En el Canadá, no sólo hay 
médicos mujeres, sino también abo- 
gados y procuradores, y se dice cjue 
35 



A. Palacio Valdés. 

pronto formarán parte de los Tribu- 
nales de Justicia. En los Estados 
Unidos existen actualmente en los 
Municipios más concejales hembras 
c[ue varones; el jefe de la policía en 
Filadelfia es una mujer, y lo mismo 
el director general de Comunicacio- 
nes. Por fin, uno de los Estados 
confederados acata de nombrar go- 
bernador a miss Celsa Smitb, c[ue 
estaba al frente del Sindicato de mo- 
distas de Cleveland. 

Salcedo, estupefacto, permaneció 
unos instantes con la boca abierta. 
Luego se llevó las manos a la cabe- 
za, y exclamó consternado: 

— ¡C¡)ué escándalo! ¡Las mujeres 
gobernando a los kombres! 

36 



Pues como éste kay muckos anti- 
feministas, amigo Samper, c[ue viven 
esclavos de las mujeres y se consue- 
lan imaginando c[ue son los señores. 

— Exactamente; se consuelan de 
las afrentas q[ue reciten leyendo el 
Código Civil... Pero vuelvo a mi 
cuento. Por fin, a los pocos días 
se efectuó la proyectada excursión. 
Ignoro cuántas y repugnantes humi- 
37 



A. Palacio Valdés. 

Ilaciones le kabría costado obtener el 
permiso Je dona Rosario, pero al 
fin lo obtuvo. Con la faz resplande- 
ciente y atusándose los bigotes con 
ambas manos, don Macrino me co- 
municó c[ue kabía decidido" fuese 
el jueves cuando almorzásemos en la 
Bombilla. 

—¿Doña Rosario está ya buena? 
— le pregunté. 

— Sí, sí..., completamente bien — 
me respondió poniéndose un poco 
colorado. 

Antes de las doce montamos en 
el tranvía. Don Nlacrino iba tan 
contento c(ue ofreció un cigarrillo al 
cobrador y le preguntó si llovería. 
En la Bombilla nos dirigimos al res- 
38 



A cara o cruz. 

taurant c[ue nos pareció más elegan- 
te y don Macrino llamó al mozo, le 
ofreció un cigarrillo como al cobra- 
dor del tranvía y le preguntó por la 
familia. Luego vino la confección 
del menúf q[ue fué larga y laboriosa, 
pero llena de cordiales explicaciones 
y de entusiasmo. 

Una vez puesta la mesa en un 
apartado rincón de la sala, don Ma- 
críno se despojó de la levita alegan- 
do due tenía mucko calor. No kalló 
esto correcto una pareja de jóvenes 
c[ue comían en el rincón opuesto. 
Parecían dos novios o recién casa- 
dos. El joven sonreía mirando con 
ojos insolentes a don Nlacrino, pero 
la damisela kacía gestos de disgusto, 
39 



A. Palacio Valdés. 

|)inckando con energía los trozos del 
beeísteah. 

Cual si le kubiesen dado cuerda, 
así c[ue introdujo en la Loca una 
ostra y la empujó con un trago de 
vino, Salcedo no dejó ya de kablar 
y de engullir mientras allí estuvi- 
mos. ¿De c[ué kablaba? ¡(¿)ué sé yo! 
Tiempos universitarios, conquistas 
de mujeres, desafíos, etc. Se bailaba 
en un estado tan feliz, c(ue llamó al 
mozo y le preguntó si kabía |>or allí 
algún ckico c(ue tocase el £>iano 
mientras almorzábamos. El mozo 
nos trajo un niño de diez o doce 
anos; don Nlacrino le dio una pe- 
seta y el juanillo dejó escalar las 
notas alegres de una £>olka. 

40 



A cara o cruz. 

La dama, a c(uien había ofendido 
desaojándose de la levita, halló ahora 
muy delicado este rasgo y expresó 
su satisfacción llevando el compás de 
la polk a con la caheza. 

Don Nlacrino me dijo al oído 
c(ue acuella señora o señorita era 
una real hembra: de huena ¿ana 
hailaría con ella. C orno la mirase 
con sonrisa maliciosa al decirme esto, 
su joven acompañante dio señales de 
molestia y clavó en Salcedo sus ojos 
agresivos; pero éste sin darse cuenta 
de ello siguió dirigiendo a su bella 
compañera miradas de sátiro. 

-¡Ek, señora! JLs bonita la £olka, 
¿verda ¿? ¿O uiere usted due demos 
una vueltecita? 

41 



A. Palacio Valdés. 

(¡)uedé aterrado. El joven se alzó 
de la silla como movido por un re- 
sorte y vino kacia nosotros eckando 
fuego £>or los ojos. 

— ¿C¿)ué palabras son esas, caba- 
llero? ¿(Duién es usted? ¿Con c[ué 
derecko dirige usted la £>alakra a mi 
esposa? 

— LAk!, ¿es su esposa?— res^on- 
dió don Macrino riendo—. Pues ka 
tenido usted muy kuen gusto. Ella, 
con franqueza, no lo ka tenido tan 
exquisito. 

El joven reckinó los dientes, le 
miró en silencio unos instantes y 
dijo al cato con rakia concentrada: 

-¡Es usted un imkécil! 

—¿Qué decía usted?— preguntó 
42 



A cara o cruz. 

don Macrino sonriendo y alzándose 
de la silla. 

Su grandiosa estatura dominó 
talmente la del joven c[ue éste, so- 
brecogido, vaciló un momento; £>ero 
dijo al cato valerosamente: 

-A mí no me asustan los éiáan- 
tes. Es usted un imbécil. 

Don Macrino le eckó mano a la 
nariz, le sacudió unas cuantas veces 
como si fuese un muñeco de cartón 
y le arrojó luego contra la £>ared; 
todo esto sin dejar de reír. 

Gritos de la señora, blasfemias 
espantosas del joven, c(ue eckó ma- 
no a un cuckillo de la mesa, carreras 
de los mozos c[ue acudieron a suje- 
tarle, carcajadas de don Macrino. 
43 



A. Palacio Valdés. 

Yo juraba interiormente c[ue 
jamás almorzaría ótra vez con un 
kombre c(ue se emborracbaba con 
media botella de Rioja. 

El joven, sofocado ¡por la ira y la 
vergüenza, £>agó su cuenta, y toman- 
do del brazo a su señora se marckó 
lanzándonos miradas furibundas y 
vomitando terribles amenazas. Don 
NIacrino le kizo un gracioso saludo 
con la mano. 

— Es lástima c[ue esa señora no 
baya Querido bailar conmigo... Por- 
gue yo be sido un famoso bailarín 
en mi tiempo, ¿sabe usted, SamjDer? 
Cuando en el salón del Ayunta- * 
miento de Simancas me £>onía a 
bailar el vals corrido con la bija del 
44 



A cara o cruz. 

administrador de Correos, no kabía 
ojos más c(ue para nosotros. Las 
mismas parejas c[ue bailaban se de- 
tenían para contemplarnos... No es 
cosa fácil el vals corrido, ¿sabe us- 
ted? Es necesario mantener las pier- 
nas rígidas y al mismo tiempo flexi- 
bles..., así..., vea usted. 

Don Nlacrino se levantó y se 
puso espatarrado en medio del salón. 
Luego, dirigiéndose al cbico c[ue to- 
caba el pianillo: 

-iEk, niño! ¿Hay algún vals en 
ese piano? Tócalo. 

Ll cbic[uillo kizo sonar un vals, 
y Salcedo, con las piernas en kor- 
c[uilla comenzó a dar rápidas vueltas 
por la sala arrastrando los pies. 
45 



A. Palacio Valdés. 

Acudieron al ruido los mozos y el 
propietario y la encargada del mos- 
trador. Todos rieron, pero con dis- 
creción, porgue imponía respeto la 
estatura de don Macrino, y ya ka- 
bían sabido hacía poco cómo gastaba 
las bromas ac[uel gigante. 

Yo estaba más corrido aun c(ue 
el vals de Salcedo. 

Al fin éste se sentó muy sofoca- 
do y tosiendo, encendió un cigarro 
y dirigió una mirada oblicua a los 
espectadores de la puerta, c( ue se 
apresuraron a retirarse. (¿)uedó tran- 
quilo y serio, llamó al mozo, paga- 
mos nuestra cuenta y salimos del 
restaurant pacíficos y silenciosos. 

Don Macrino no parecía el mis- 
46 



A cara o cruz. 

mo. Seguimos a paso lento la ave- 
nida de la Moncloa kacia la estación 
del Norte, atravesamos el fuente 
del Manzanares, y mostrando nues- 
tra tarjeta penetramos por la puerta 
enrejada de la Casa de Campo. 

Caminamos en silencio largo rato. 
De pronto, don Macrino me dice: 

-Oiéa usted, Samber, ¿será cier- 
to c[ue cuando a un kombre le cor- 
tan la cabeza, todavía sigue pensan- 
do algunos segundos? Un ingeniero 
francés c[ue conocí en Málaga, me 
refirió c[ue kabía visto a un guilloti- 
nado mover los ojos y sonreír. 

Me pareció intempestiva y necia 
acuella pregunta y le respondí de 
mal kumor. 

47 



A. Palacio Valdés. 

—Como no me kan guillotinado 
kasta akora, ignoro lo qfue a uno le 
acontece después c[ue le cortan la 
cakeza. 

— Yo Quisiera sakerlo. 

— Pues no tiene usted más c(ue 
kacer el ensayo. Se va usted a Pa- 
rís, asesina usted a una vieja, le pro- 
cesan, le condenan a muerte, se niega 
usted a pedir el indulto, y un día 
en las primeras koras de la mañana, 
ante un numeroso y respetable pú- 
blico, cae sobre su cuello la cuckilla 
fatal y se entera de lo cpae desea 
saber. 

Salcedo no replicó. Permaneció 
unos instantes pensativo y al cabo 
dijo con toda formalidad: 
48 



A cara o cruz. 

— ¡Quién sabe! Quizá algún día 
me decida a kacer la experiencia. 

Yo solté una carcajada, pero él 
siguió muy serio. 

Habíamos dado la vuelta y nos 
acercábamos nuevamente al gran es- 
tanque próximo a la entrada. Don 
Macrino, c[ue guardaba obstinado si- 
lencio, me preguntó si yo pensaba 
c[ue los astros estaban kabitados. Le 
dije c[ue kabía encontradas opiniones 
entre los astrónomos v le kallé de 
un libro muy curioso c[ue yo poseía 
tratando de este problema. Me pi- 
dió c[ue se lo prestase y le prometí 
enviárselo al día siguiente. Cuando 
llegamos a la orilla del estanque, me 
propuso c[ue nos sentásemos para 
49 

4 



A. Palacio Valdés. 

rebosar un poco antes de salir del 
parcjue. 

En verdad c(ue era ¿rato el re- 
boso en acuella kora, en tan ameno 
sitio y después del lar¿o paseo cjue 
kakíamos dado. Salcedo volvió a 
mostrarse jovial. Conocía la kistoria 
de la Casa de (Zampo como la de 
los demás sitios reales. Su padre 
kakía sido empleado del Palacio y 
todo lo c[ue a éste se refería le inte- 
resaka y lo kakía estudiado. Míe 
kakló largamente de estas casas de 
placer, me refirió anécdotas y me 
kizo saker pormenores muy curio- 
sos. En un momento de silencio 
c(uedó pensativo y una sonrisa feliz 
va¿ó por sus lakios. 

50 



A cara o cruz. 

— ¿(¡)ué diría usted, Jiménez, si yo 
le tirase al estanque akora mismo? 

—Diría c(ue katía kecko usted 
muy mal. 

— Sería gracioso, ¿verdad?... 
¿Cómo karía usted?... Así. ¡£>af, 
£>af!..., soltando el agua £>or narices 
y toca. 

Y al mismo tiempo, riendo a 
carcajadas, agitaba los trazos como 
un komkre c[ue se akoga. 

La broma no era ingeniosa, aun- 
que don Nlacrino así lo creyese. 

—¿Y diáa usted, el rey Felipe V 
salía todas las tardes de caza kacia 
el Pardo?-le breéunté bara desviar 
la conversación. 

— Indefectiblemente con la corte 
51 



i4. Palacio Valdés. 

de palaciegos y servidores, los mon- 
teros, los ojeadores y la jauría. 

Siguió kaklando con lujo de por- 
menores acerca de este asunto; yo le 
escuckaka con placer. Pero otra vez 
se detuvo, asaltado por un pen- 
samiento, y volvió a reír a carca- 
jadas. 

—La verdad es c(ue sería ckistoso 
verle a usted luckando para no ako- 
garse... ¡paf, paf!, kaciendo así con 
las manos y pidiendo socorro. 

Don Macrino parecía encantado 
de su idea, imitando los movimien- 
tos desesperados de los c[ue caen al 
agua. 

Yo no lo estaka tanto. Reí sin 
¿ana, con la risa del conejo y desvié 
52 



A cara o cruz. 

nuevamente la conversación. Pero 
después me puse en pie. Salcedo 
kizo lo mismo y salimos del parc[ue. 
Tomamos el tranvía en la estación 
del Norte y nos afeamos en la Puer- 
ta del Sol a la kora del crepúsculo. 
Entramos en el Café Oriental y 
bebimos un bock de cerveza ka- 
blando animadamente. Don Macri- 
no mostraba su locuacidad acostum- 
brada y su implacable sensatez. 

Mas ke ac[uí, c[ue de repente 
vuelve a las andadas. 

—Hombre, la verdad c[ue estaría 
usted muy gracioso si le kubiese 
tirado al agua kaciendo así, ¡paf, 
paf!, batiendo el agua con las manos 
como un perro. 

53 



A. Palacio Valdés. 

Y don Nlacrino imitaba de nue- 
vo a un hombre q[ue se aboga. 

¡Acuello era estúpido! Yo estaba 
irritado y me j^use muy serio; pero 
Salcedo no lo advirtió siguiera. Si- 
guió kablando con gran lucidez acer- 
ca de la ley de empleados, q[ue pare- 
cía interesarle vivamente, como era 
natural. Al cabo nos levantamos y 
montamos en el tranvía de nuestro 
barrio. Cuando llegamos a él nos 
desdedimos cada cual £>ara su casa. 



54 



AHORA principia lo grave del caso. 
Al día siguiente me levanté tempra- 
no para dar un paseo antes c(ue apre- 
tase el calor, como suelo kacer siem- 
pre en los meses de verano, y acor- 
dándome de la promesa kecka a don 
Macrino y debiendo pasar por de- 
lante de su kotelito, tomé el libro 
de astronomía para dejárselo. Cuan- 
do me iba aproximando a su casa oí 
55 



A. Palacio Valdés. 

gritos desesperados pidiendo soco- 
rro. E,cké a correr, pues me pareció 
reconocer la voz de doña Rosario. 
En efecto, ella era. La vi asomada a 
una de las ventanas y a su lado la 
criada, c[ue también gritaba desafora- 
damente. Pensando c[ue había fuego 
en la casa, me acerqué apresurada- 
mente a la verja. 

— ¡No se acerque usted, Samper! 
¡Ll ame usted a los ¿uardias! ¡Ll ame 
a los vecinos! 

Yo no comprendía. Nías de re- 
pente vi alzarse delante de mí la 
figura pavorosa de don Nlacrino, 
con la faz descompuesta, los cabellos 
erizados, los ojos inyectados y Que- 
riendo saltársele de las órbitas. 
56 



A cara o cruz. 

-IAk! ¿eres tú, bandido?— -me 
gritó con voz ronca. 

Y eckando mano a una de las 
sillas de kierro c(ue kabía en el jar- 
dín me la arrojó, como si fuese un 
juguete, por encima de la verja. 

— ¡Socorro! — ¿rite yo a mi vez 
apartándome a todo correr de la 
casa. 

Pero ya me encontré con algunas 
personas c[ue acudían a los gritos de 
doña Rosario v su doméstica. Me 
volví y nos acercamos con precau- 
ción a la verja. Salcedo, rugiendo 
como una fiera, destrozaba cuanto 
tenía a mano, arrancaba las plantas y 
las arrojaba fuera, batía las sillas con- 
tra la pared, destrozaba la glorieta. 
57 



A. Palacio Valdés. 

—¿Está loco?— preguntaron desde 
la calle. 

— Sí; está loco. Que llamen a los 
guardias — respondió doña Rosario 
desde la ventana. 

—¿Puede salir?— pregunté yo. 

— La verja está cerrada y la puer- 
ta de casa también; pero puede sal- 
tar o romper la puerta. ¡Ll amad a 
los guardias en seguida! 

Pocos minutos después llegaban 
dos guardias. ¿Qué iban a kacer? 
La puerta del jardín estaba cerrada 
y saltar por encima de la verja era 
peligrosísimo en ac[uel momento. 

La estatura colosal de don Ma- 
crino y la fuerza de q[ue parecía do- 
tado infundían temor a todo el mun- 
58 



A cara o cruz. 

Jo, sin excluir los guardias. Trans- 
currieron algunos momentos Je va- 
cilación. La ¿ente kacía comentarios: 
se emitían opiniones, £>ero naJa se 
kacía. 

Al fin, un komkre c[ue Jijo ser 
mejicano, {nJió una cuerJa, kizo un 
lazo correJizo, montó sokre una Je 
las pilastras Jel jarJín, y en pie 
JesJe allí, cuanJo Jon Macrino es- 
taka vuelto Je es|)alJa, le arrojó la 
cuerJa, tiró de ella, le afretó las 
piernas y le kizo Jar en tierra. 

Cayó como una torre c[ue se Jes- 
liorna. El mejicano saltó inmeJiata- 
mente, y antes Je c[ue SalceJo £>u- 
Jiera levantarse montó sokre él £>ara 
sujetarle. Los guarJias y algunos 
59 



A. Palacio Valdés. 

otros salvaron también la verja. Fué 
¿ran fortuna, pues el loco ya kabía 
sujetado a su agresor y kubiera Jado 
de él buena cuenta. Entre todos le 
amarraron y le transportaron como 
un fardo a la casa. 

Pero ya dona Rosario kabía baja- 
do y abierto la puerta. Con pasmosa 
entereza y serenidad dijo: 

— En casa, no. Que lo lleven al 
kospital. Desde allí se le conducirá 
a un manicomio. 

Hablaba en tono tan imperioso 
y decidido acuella enana, c(ue nadie 
se atrevió a replicar. Los ¿uardias 
kicieron venir un cocke, y con no 
poca dificultad introdujeron en él a 
don NIacrino. Éste parecía privado 
60 



A cara o cruz. 

de sentido; tenía los ojos cerrados, 
dejaba escalar sordos ¿émidos y se 
le veía alguna esfuma en la toca. 

La ¿ente permaneció algún tiem- 
po todavía en los alrededores del 
kotel kaciendo comentarios; se feli- 
citó mucko al mejicano, q[ue kabía 
logrado sujetar al pobre Salcedo. 
Yo, después de vacilar un poco, me 
decidí a penetrar en la casa y kablar 
con dona Rosario. 

La kallé tranquilamente sentada, 
preparándose a tomar su desayuno. 
Su criada, en cambio, mostraba to- 
davía fuerte agitación; estaba roja, 
los ojos kúmedos, las manos tem- 
blorosas. 

Nle recibió la enana con la misma 
61 



A. Palacio Valdés. 

imponente gravedad de siembre y 
me señaló, con ¿esto de emperatriz, 
una silla frente a ella. 

—¿Cómo ka sido eso, señora? 

Dona Rosario me miró fija y se- 
veramente, frunció el entrecejo, y 
cortando después una lonja de pan, 
respondió con el acento firme y 
autoritario c[ue la caracterizaba: 

—Cuando entró ayer nocke en 
casa, después de la comilitona c[ue 
ustedes kan tenido en la Bombilla, 
nada observé en él de particular. No 
cenó: tomó únicamente una taza de 
café con lecke y se retiró a su cuar- 
to, due esta contióuo al mío. AJ- 
vertí c[ue se acostaba y q[ue apagaba 
la luz; pero no mucko después ob- 
62 



A cara o cruz. 

servé c[ue de nuevo la encendía, se 
calzaba las zacatillas y data vueltas 
Cor la kabitación. Pensé c[ue se le 
kabía olvidado alguna cosa y no le 
dije nada. En efecto, se acostó |>oco 
después, y ya me estaba durmiendo 
cuando le sentí otra vez encender la 
luz, ponerse las zacatillas y dar pa- 
seos Cor el cuarto. '-¿Estás indis- 
Cuesto?"— le Cregunté. -—No; no 
estoy indisCuesto, ¡no, no, no!" 
Lo reCitió tantas veces c[ue yo, 
enojada, le reclic[ué: —¡Bueno, kom- 
bre, bueno, me alegro mucko!" y 
me volví del otro lado C ara dormir. 
Con ¿ran sorCresa mía J^ercití c[ue 
lloraba. Ni él ni yo somos llorones, 
¿sabe usted? Estuve escuckando 
63 



A. Palacio Valdés. 



unos instantes, y no oyendo des- 
pués nada, me dormí. Pero me des- 
pertó el ruido c[ue kacía paseando 
astadamente por la kabitación. Por 
debajo de la puerta vi su luz en- 
cendida. Yo le ¿rite entonces: 
— ¿Quieres kacer el favor de acos- 
tarte y dejarme dormir?' ' No res- 
pondió, pero le sentí apagar la 1 UZ V 
acostarse. Ha sido siempre un kom- 
kre muy obediente. Traté de dor- 
mirme, pero no pude: me kakía des- 
velado. No mucko después okservé 
c[ue se levantaba silenciosamente, y 
sin encender la luz paseaba descalzo 
para no kacer ruido. Nada c[uise de- 
cirle, porcpie comprendí c[ue estaba 
nervioso. Como me era imposible 
64 



A cara o cruz. 

dormir, pude notar q[ue varías veces 
se acostaba para levantarse inmedia- 
tamente y gasear descalzo. Al cato 
lo¿ré conciliar el sueno. Me desper- 
té kace un rato, recordé la agitación 
de Nlacrino, y levantándome de la 
cama abrí la puerta de su cuarto. 
Ya no estaba allí. Me vestí, le bus- 
qué por toda la casa y no pude 
bailarle. La mucbacba me indicó c[ue 
acaso estuviera en la terraza, porq[ue 
babía sentido abrir la puerta de la 
escalera. En efecto, allí estaba, en 
calzoncillos y descalzo. —¿Qué 
baces abí en esa forma? " Nada 
contesto. -Ven a vestirte inme- 
diatamente, porgue estás dando un 
escándalo." Tampoco replicó una 
65 

5 



A. Palacio Valdés. 

palabra, ¡pero obedeció. Bajó a su 
cuarto y se vistió. Le pregunté re- 
metidas veces c[ué es lo c[ue tenía. 
No logré arrancarle una sola pala- 
bra; se encerró en un silencio abso- 
luto, c[ue me kizo sospechar c[ue no 
estaba en su juicio. Le {)ro{)use c[ue 
viniese a desayunar al comedor y 
obedeció. Traté en vano de c[ue ka- 
blase. Nada; ni una sola palabra sa- 
lió de sus labios. Yo estaba muy 
alarmada y ordené a la muckacka 
c[ue fuese a buscar un médico. An- 
tes c[ue saliese, Nlacrino se levantó 
de la silla y dijo con la mayor tran- 
quilidad: —Voy a cortar la cabeza 
a Sam£>er, jDara cerciorarme si, en 
efecto, mueve después los ojos y 
66 



A cara o cruz. 

sonríe." Salió con paso firme del co- 
medor y entró en el jardín. Como 
vi claramente c(ue padecía un ataque 
de locura, fui detrás de él y ecké el 
cerrojo de la puerta. La del jardín 
estaba cerrada y la llave dentro de 
casa. Al verse encerrado, sin poder 
salir a la calle ni entrar en casa, le 
acometió el acceso de furor, parte 
del cual acata usted de presenciar. 

Calló doña Rosario. Con el fin 
de consolarla, le indiqué c[ue el acce- 
so de don Nlacrino era, seguramen- 
te, al¿o accidental y pasajero, y c[ue 
no tardaría en ponerse bueno. Pero 
en realidad, no necesitaba consuelo 
alguno: se bailaba más tranquila c[ue 
yo. Entonces le conté lo c[ue me 
67 



A. Palacio Valdés. 

kakía jasado la tarde anterior, cuan- 
do su marido kakía concebido la 
idea de arrojarme al estanque. Dona 
Rosario, mojando remetidas veces 
una so£>a de ¡pan en el ckocolate, 
manifestó con indiferencia: 

— Pues ka salvado usted de mi- 
lagro. 



68 



TE CONFIESO cjue la (perdida re- 
pentina de la razón en un kombre 
q[ue poseía tan gran copia de ella, 
me impresionó profundamente. 

PÍabía transcurrido un mes des- 
de el acontecimiento c[ue acato de 
narrarte. En una mañana incandes- 
cente y espléndida del mes de agos- 
to, me kallaba en mi despacko sen- 
tado de . espaldas a la puerta, frente 
69 



A. Palacio Valdés. 

a la ventana. Me kallala en man- 
gas Je camisa. En realidad, pudiera 
omitir este detalle, ,c[ ue no añade in- 
terés a la narración y carece de ele- 
gancia. Lo dejo £>orc[ue presta cierto 
color local a la escena c(ue incon- 
tinenti se va a desarrollar ante tus 
ojos. Digo, £>ues, c[ue me kallaba en 
mangas de camisa y escribiendo. Es 
decir, tenia la pl urna entre los dedos 
y el papel delante, pero no escribía. 
Mi ocupación en ac(uel instante era 
seguir con ojos airados el vuelo de 
una mosca, c(ue desde kacía rato me 
estaba infligiendo crueles cosquillas 
en todas las partes desnudas de mi 
cuerdo. Había kecko remetidos es- 
fuerzos |)ara darle muerte. Tod os 
70 



A cara o cruz. 

fueron inútiles. Me sentía abatido 
y en situación desventajosa frente 
ac[uel insecto. Estaba a punto de 
maldecir de la existencia. Pues en 
tal momento de tribulación y pesi- 
mismo, ke aq[uí c[ue suena a mis 
esp as una voz potente, fragorosa, 
c[ue ¿rita los famosos versos de Cal- 
derón de la Barca: 

Apurar cielos pretendo 
ya cjue me tratáis así. 

Vuelvo la cabeza aterrado. ¿C¡)ué 
es lo cpae veo? Tapando la puerta 
se erguía la figura gigantesca de don 
Macrino Salcedo, con el brazo de- 
recko extendido y agitando su som- 
brero de fieltro. 

71 



A. Palacio Valdés. 

— ¡Socorro! — grité con toda la 
fuerza de mis pulmones, lanzándome 
a la ventana con ánimo de arrojarme 
por ella. Y es casi seguro c[ue lo 
kubiera efectuado si al volver de 
nuevo despavorido los ojos kacia la 
espantable figura de mi vecino, no 
le kubiera visto sonreír plácidamen- 
te, murmurando al mismo tiempo 
con la mayor dulzura: 

—Lo comprendo todo; lo com- 
prendo todo. 

—Si da usted un paso, me tiro por 
la ventana— le dije sin saber lo c[ue 
decía, y volví a gritar: —¡Socorro! 

— Lo comprendo todo, lo com- 
prendo todo — repetía dulcemente 
don Macrino. 

72 



A cara o cruz. 

¿Qué es lo q[ue comprendía ac[uel 
kombre? Con la mano puesta sobre 
el alféizar de la ventana y preparado 
a dar el salto trágico antes c[ue de- 
jarme estrangular apaciblemente, le 
miré otra vez. Había tal dulzura, 
tanta kumildad en sus ojos, c[ue me 
sentí un poco más seguro. Y otro 
poco más cuando percibí detrás de 
ellos rostros de Peña v la criada. 

—¿Pero no está usted loco? 

Inmediatamente de formular esta 
pregunta, comprendí su estupidez. 

— ¡No estoy loco, señor mío, no 
estoy loco!... Lo ke estado, pero no 
lo estoy. Ac(uí traigo el certificado 
del director del manicomio. 

Y eckando mano a la cartera, 
73 



A. Palacio Valdés. 

sacó un papel y lo blandió con ade- 
mán de triunfo. Pena y la criada Que- 
daron al punto convencidos, le son- 
rieron amablemente y le dieron la 
enkorabuena. Yo no estaba tan per- 
suadido de su eficacia, pero lo fin^í. 
-¿Y cómo ka entrado usted aduí? 

— La puerta del jardín estaba 
abierta, la de la casa también y me 
dije: —Voy a dar una sorpresa 
agradable al amigo Samper; estoy 
seguró de c[ue se alegrará". 

— Muckísimo. 

— Mil gracias, no sabe usted 
cuán satisfecko me encuentro de 
kallarme otra vez en casa de tan 
buen amigo. Tenemos c( ue kablar 
largamente. 

74 



A cara o cruz. 

Al mismo tiempo dio algunos 
£>asos kacia mí. 

-Si le barece a usted, amiéo 
Salcedo, tajaremos al jardín, donde 
estaremos mejor — re|)lic[ué yo retro- 
cediendo otros tantos. 

— Como usted ¿usté. 

Y se eckó a andar y yo detrás de 
él. Al £>asar cerca de Peña le dije 
en voz taja: 

-No le bierdas de vista. Toma 
el martillo de partir el cartón, y si 
adviertes cualquier movimiento sos- 
£>eckoso le das con él en la cabeza. 

—-¡Pero, Julio, si don Macrino es 
un £>an bendito! 

— Pues yo no como ese £an. Haz 
lo c[ue te mando— re£>lic[ué irritado. 
75 



A. Palacio Valdés. 

Nos sentamos en el cenador, y 
tuve la precaución de poner entre 
los dos la gran mesa de mármol. 

— ¿Y cómo está dona Rosario? — 
le pregunté afectando cordialidad. 

No respondió. Bajó la cabeza 
con señales de turbación, se pasó 
después la mano por la frente y 
al cabo profirió con voz temblo- 
rosa: 

— Rosario es una estrella c[ue ka 
traspuesto los confines del korizon- 
te, desapareciendo de mi vista. 

—¿Cómo?... ¿Se ka muerto?... 
¡Nada sabía! 

-No, no ka muerto — respondió 
sordamente—, pero kuye de mis 
amantes brazos. 

76 



A cara o cruz. 

-iAk! 

— Huye, sí, pero aunque se ocul- 
tase en el centro Je la tierra mi 
corazón la sigue, mi alma la ve y 
mi pensamiento la adora. Lo cjue 
amamos no está lejos jamás, auncjue 
kaya un mundo por el medio. 

—¿Pero no viven ustedes juntos? 

— Desde kace nueve días c[ue 
llegué de Carabanckel vengo kacien- 
do esfuerzos para conseguirlo. To- 
dos kan sido vanos. Me presenté 
en casa de sus kermanas, donde ka- 
kita; no ka Querido recibirme. Le 
escribí varias cartas; me las devuelve 
sin abrirlas. Le envié diferentes emi- 
sarios; a todos los despide con pa- 
labras destempladas. 

77 



A. Palacio Valdés. 

-¿De modo c[ue no kakitan us- 
tedes en el kotelito? 

— Ese nido de amor está cerrado 
acaso para siembre. Vejeto (porcjue 
no puedo decir q[ue vivo) en una 
modesta casa de kuéspedes de la 
calle del Barco. Allí paso los días 
entreteniéndome con mis memorias 
y las nockes llorando mi soledad; 
allí me consumo de dolor dando 
vueltas en el lecko sin lograr reposo? 
Mis ansias se pierden, mis suspiros 
nadie los escucka y Laño con mis lá- 
grimas la almokada... ¡Ok! ¿Dónde 
estás, Ckaro mía? Mis ojos te bus- 
can, mi pensamiento vuela kacia ti. 
Aundue tan bér fija, mi pecko es 
siempre constante como un escollo 
78 



A cara o cruz. 

ceñido |>or las olas, como un roble 
combatido por los vientos... 

Las lágrimas resbalaban por sus 
mejillas pronunciando, estas palabras. 

-¿Me bace usted el favor, amiéo 
Salcedo, de ensenarme ese certifica- 
do del doctor Escjuerdo? 

No olvidaré nunca la avergonza- 
da expresión y la sonrisa tímida y 
bumilde c[ue se dibujó en el rostro 
de don Macrino. Sacó el certificado 
de la cartera y me lo entregó. Es- 
taba en re¿la. Se le daba de alta en 
la Casa de Salud por bailarse com- 
pletamente curado del atac[ue cere- 
bral c[ue allí le babía traído. 

-¿Y dona Rosario, por c[ué se 
muestra tan capricbosa y escjuiva? 
79 



A. Palacio Valdés. 

Nle parece c[ue ya no es una niña. 

— Tiene cuarenta anos, cuatro 
menos c[ue yo. ¿Sabe usted por c[ué, 
Samper? Pues porcpie no está se- 
cura de c(ue yo baya recobrado la 
razón . Nada tiene de particular, 
porc[ue usted mismo me cree loco 
todavía. 

Entonces me tocó a mí avergon- 
zarme. 

— Nada de eso, Salcedo — me 
apresuré a decir—. Le encuentro a 
usted perfectamente sano. Acuello 
fué sin duda un golpe de sangre a 
la cabeza. 

-Me encuentro tan bien, due 
jamás be gozado como abora de la 
plenitud de mis facultades mentales. 
80 



A cara o cruz. 

La prueba Je ello es, c[ue yo, c[ue 
nunca ke escrito más c[ue algunas 
memorias referentes a la contabi 
del Negociado donde soy jefe y va- 
rios artículos en el Eco Je Soria, 
akora versifico con extrema facilidad; 
las figuras de dicción variadas y arti- 
ficiosas me salen sin pensarlo de la 
pluma y me acuden también los 
afectos más suaves y las expresiones 
más líricas... ¡Va usted a ver, Queri- 
do, si el kombre capaz de escribir 
estos versos se kalla loco! 

Con gesto triunfal sacó de las 
profundidades del bolsillo un rollo 
de babel, lo d esató y comenzó a leer I 
con voz campanuda. Eran lo menos 
Quince octavas, asegurándola su eter- 
5/ 

6 



A. Palacio Valdés. 

na adoración. Después Je las octa- 
vas me leyó unos sáficos adónicos, 
dedicados al menudo pie de su es- 
posa, con tal enternecimiento, due la 
voz se le anudaba en la garganta 
con perjuicio del ritmo. El mismo 
lo comprendió y me dijo: 

—La versificación no resulta todo 
lo armoniosa c[ue es en realidad, por 
el exceso de mi sentimiento. Usted 
los leerá mucko mejor, y a eso he 
venido precisamente, a rogarle c[ue 
tenga usted la bondad de leerlos en 
público. 

Yo di un sa Ito. 

— ¿Cómo? ¿C¿)ué dice usted? 
¿Leerlos en un teatro? 

-— Ln un teatro no, en casa de 
82 



A cara o cruz. 

Rosario, delante de ella y de sus 
kermanas. Tampoco me of>on¿o a 
c[ue los escucke algún amigo de la 
casa. 

Me negué resueltamente a ello y 
lo kice en tono desabrido, porc[ue 
sentía unos deseos atroces de perder 
de vista al gigante y a sus versos. 
Mas kete ac[uí c[ue Salcedo al oirme 
comienza a llorar a kilo y a dejar salir 
de su garganta profundos suspiros 
entreverados de gemidos y cortados 
por frases de aflicción desesperada. 

Todo el mundo le abandonaba, 
sí, todo el mundo parecía de acuer- 
do para dejarle morir en la soledad... 
La fuente de la alegría se kabía se- 
cado por completo y no Quedaba ya 
53 



A. Palacio Valdés. 

en el fondo más q[ue un poco Je ta- 
rro nauseabundo... Vendría otra pri- 
mavera, brotarían las flores, canta- 
rían los pájaros, triscarían los cor- 
derillos, pero él no participaría ya 
de estas dulces sensaciones, viviría 
los pocos días c[ue le restaban aje- 
no por entero a los encantos de 
la naturaleza y la sociedad... OJía- 
do, despreciado, abandonado, se re- 
plegaría en sí mismo, y como el pe- 
lícano alimenta a sus kijos con su 
propia sangre, él alimentaría su amor 
con la sangre de su corazón. 

Ksta alegoría c(ue no pude com- 
prender bien, le impresionó de tal 
modo después de kaberla expresado, 
c[ue sufrió un desvanecimiento. 



A cara o cruz. 

Llamé a la criada, le eckamos un 
poco de agua a la cara y le dimos a 
oler un frasco de la colonia. Al fin 
volvió a la vida, ya c( ue no a I a 
razón, y clavó en mí unos ojos tan 
suplicantes c[ue me sentí impotente 
para negarle el favor c[ue me pedía. 

¿^)ué iba a kacer? Le dije c(ue 
estaba dispuesto a ejecutar su en- 
cargo y tuve la satisfacción de verle 
en su estado normal. Lealmente 
confesaré q[ue no fué sólo la compa- 
sión lo c(ue me obligó a ceder, sino 
en mayor grado aun el miedo. 

— ¿Cuándo cpiiere usted c(ue 
vaya a casa de su señora? 

—Mañana, si a usted le parece — 
respondió kumildemente. 

85 



A. Palacio Valdés. 

— No £>uede ser; mañana es Jo- 
mingo y £aso el día fuera de Ma- 
drid. 

Una ñute de tristeza oscureció 
la frente del gigante. 

— Mejor será koy mismo — añadí. 

La ñute se disipó al so£>lo de 
tan fresca trisa. Don Macrino me 
estrechó la mano con efusión y ex- 
clamó conmovido: 

—¡Gracias, muckas gracias, Sam- 
j¡3er, tiene usted un corazón singular! 

Lo c[ue yo tenía era un miedo 
singular. 



86 



HÉTEME ac(uí, £>ues, así c|ue hube 
almorzado, camino Je la calle de 
Valverde, donde habitaban las her- 
manas de dona Rosario. Era en un 
piso tercero. Nle salió a abrir una 
criada vieja y penetré en una ante- 
sala de cortas dimensiones. Pregun- 
té por dona Rosario y me hizo sa- 
ber q[ue acuella señora se bailaba a 
la sazón en el piso £>rinci£>al de visi- 
87 



A. Palacio Valdés. 

ta, pero c[ue se la avisaría inmedia- 
tamente. Nle introdujo en una sala 
muy ckicjuita y desde allí pude ver 
un gabinete ckiq[uito. Ckicfuitos eran 
también los muebles, las puertas, las 
cortinas, los cuadros, la ckimenea y 
el relojito cfuc sobre ella descansaba. 
Me parecía estar viajando por el 
país de Liliput. 

No k aria tres minutos due me 
bailaba allí sin osar sentarme en una 
de acuellas sillitas forradas de da- 
masco amarillo por miedo de Que- 
brarla, cuando veo asomar por la 
puerta del gabinete dos cabecitas 
perfectamente iguales y risueñas. 
Como pude colegir en seguida eran 
las dos kermanas de doña Rosario, 
88 



A cara o cruz. 

menudas como ella, £>ero más jóve- 
nes y mas tellas. L os trajes de moda 
atrasa Ja, la falda ajustada, los jf)iececi- 
tos calzados con zapatos descotados, 
las mangas de jamón, recordando los 
tiempos del Imperio, en los cabellos 
peinetas, y sortijillas en las sienes. 
Semejaban dos miniaturas de co- 
mienzos del siglo jasado. 

No |)ude menos de sonreír al ver 
acuellas figurillas tan graciosas, y 
ellas rieron de mi sonrisa y yo de 
la suya. La amistad c[uedó kecka y 
sellada sin necesidad de palabras. 

Pero a mí me pareció c[ue kabía 
necesidad de algunas. Dando rodeos 
les manisfesté c(ue venía comisiona- 
do por don NIacrino Salcedo para 
89 



i4. Palacio Valdés. 

kablar con su kermana Joña Ro- 
sario. 

—Sí, sí; el £>obrecito ka enviado 
ya otras vanas personas, entre ellas 
nada menos c[ue a un auditor del 
Tribunal de la Rota; ¡pero nuestra 
kermana permanece insensible. 

— Es lástima, j¡Dorc[ue don Nlacri- 
no la adora. 

-—Cierto 4 ue I a adora con toda 
su alma — replicó una de ellas con al- 
guna vacilación, dirigiendo una mi- 
rada tímida a su kermanita, c[ue bajó 
la cabeza con señales de turbación. 

Eran tan iguales acuellas kerma- 
nas, c[ue parecían la una reflejo de la 
otra en un espejo. No pude menos 
de preguntarles: 

90 



A cara o cruz. 

— ¿Son ustedes gemelas? 

—Sí, señor; somos gemelas— me 
respondieron a un tiempo — . Rosa- 
rio nos lleva once anos. 

-De modo c(ue tienen ustedes 
veintinueve años. 

—Eso es— respondió una mirán- 
dome con sorpresa. 

— Pues parece c[ue tienen ustedes 
diez y nueve. 

Las dos se ruborizaron. 

-IOk, no! Diez y nueve tema- 
mos cuando se casó Rosario. ¿Ver- 
dad, Fernandita? 

—Verdad, Angelita. 

—¿En la resolución de doña Ro- 
sario no influiría el temor de c[ue se 
vuelva otra vez loco repentinamente? 
91 



A. Palacio Valdés. 

-—Sí, señor, le tiene miedo..., pero 
estoy segura de c[ue si le Quisiera 
tanto como él a ella jasaría por todo 
y se uniría otra vez a él, ¿verdad, 
Fernandita? 

La interpelada tajó la cabeza sin 
responder. 

— Eso me parece a mí también. 

— Nlacrino merece, en mi concep- 
to, todo su amor, porcpie es un 
bombre de prodigioso talento, tiene 
un corazón excelente, y en cuanto a 
las prendas corporales, no necesito 
decir a usted nada, porgue saltan a 
la vista... ¡Es todo un real mozo! 

-¡Ok!, en cuanto a eso, no creo 
c[ue baya otro igual en Madrid. 

—¿Verdad, caballero? ¡Qué es- 
92 



A cara o cruz. 



tatura!, ¡c(ué corpulencia!... Es ver- 
daderamente grandioso. 

Y arqueaba las cejas y abría la 
toca y juntaba las manos cual si se 
kallase debajo de la cúpula de San 
Pedro, en Roma. 

— Akora se inclina un poco a 
causa del reuma — añadió con tristeza. 

—No importa, señora; también 
la torre de Pisa está inclinada. 

—¡Había c[ue ver a ese kombre 
kace algunos años! ¿Verdad, Fer- 
nandita? 

— Sí, kabía c[ue verle, Angelita — 
respondió Fernandita ruborizándose. 

— ¡Había c[ue verle cuando era 
administrador de rentas estancadas 
en Soria!... Ninguno se le podía 
93 



A. Palacio Valdés. 

comparar. Y eso c[ue había allí hom- 
bres verdaderamente notables. Rua- 
no, el teniente de la Guardia civil, 
era un buen mozo, y don Lino, el 
contratista de la carretera, también..., 
£>ero yo creo c[ue todos le jasarían 
por debajo del brazo, ¿verdad, Fer- 
nandita? 

—Sí, todos, Angelita. 

— ¡Y cjué modo de bailar el vals 
corrido! Era el mejor, ¿verdad, Fer- 
nandita? 

-El mejor, An¿elita. 

Yo no £>ude menos de recordar 
el vals c[ue don Nlacrino kabía bai- 
lado solo en el merendero de la 
Bombilla y me reí. Las ¿emelas, 
viéndome reír, rieron también. 
94 



A cara o cruz. 

-¡Y dué carácter Je letra tie- 
ne!— -prosiguió Angelita— . Un pri- 
mor. E/S un verdadero calígrafo... 
Fernandita, tú debes de saberlo 
bien — anadió con sonrisa maliciosa 
mirando a su kermana. 

Ésta volvió a ruborizarse y guar- 
dó silencio. Entonces recordé c[ue 
Salcedo, en una de sus efusivas con- 
fidencias, me kabía indicado c[ue an- 
tes de casarse con doña Rosario ka- 
kía tenido relaciones amorosas con 
una kermana, y no dudé c[ue Fernan- 
dita era la novia postergada. ¡Puf!, 
¡c(ué mal gusto kakía tenido ac[uel 
gigante! Porgue Fernandita valía in- 
finitamente más c[ue su kermana 
mayor. 

95 



A. Palacio Valdés. 

—¿(Quiere usted saber cómo le 
conocimos?— siguió Angelita— . Pues 
en Soria, donde nuestro papá era 
jete de Tomento, ha onos una 
tarde al balcón pasó un ckico ven- 
diendo claveles. A Fernandita y a 
mí se nos antojó comprárselos. En 
vez de entrar por el portal, al ckico 
se le ocurrió gatear por la reja del 
cuarto tajo. Cuando lo estaba ka- 
ciendo acierta a pasar por allí Ma- 
crino, y sin decir una palakra le c[ui- 
ta los claveles de la mano y exten- 
diendo el brazo llega kasta nos- 
otras... ¡(¡)ué kombre!, ¿verdad? 

— Inmenso. 

-—Pero no me los entregó a mí— 
añadió dirigiendo una miradita ma- 
96 



A cara o cruz 

liciosa a su kermana — , a pesar de 
q[ue era yo c[uien primero le alargó 
la mano, sino c[ue fué a ciárselos a 
Fernandita. 

Ésta se puso aun más colorada. 

Yo pensé c[ue la preferencia de 
Salcedo debió de ser casual, porc[ue 
las gemelas eran tan iguales, c[ue no 
se las distinguía a primera vista. Por 
divertirme cpaise tirarle un poco de 
la lengua. 

—¿Y cómo es c[ue conociéndolas 
a ustedes primero y mostrando desde 
el principio inclinación kacia Fernan- 
dita fué a casarse con doña Rosario? 

El rostro de las dos kermanas se 
oscureció repentinamente ante acue- 
lla osada pregunta. 

97 



A. Palacio Valdés. 

(¡)uedaron suspensas, y las Jos 
tosieron a un tiempo. 

— ¡Cosas de familia! — dijo al cato 
Angelita— . Teníamos entonces diez 
y ocko años. 

Y las dos volvieron a toser. Des- 
jpués de un silencio un |)OCo emba- 
razoso, Angelita, cambiando de con- 
versación, me preguntó: 

— ¿Usted debe de ser amigo ínti- 
mo de nuestro cuñado, cuando le 
envía con esa comisión v 

—Soy amigo y vecino. Me llamo 
Julio Sam£>er. 

-¡AL, Sam£>er! Macrino nos na 
kablado de usted muckas veces. Nos 
ka dicko c[ue es usted una persona 
muy simpática y además un sabio. 
98 



A cara o cruz. 

— ¡Señora, un sabio, no! 

— Sí, un sabio... Después Je 
todo no kay más c[ue ver a usted 
para comprenderlo. 

Como no podía mirarme en acjuel 
momento al espejo para averiguar si, 
en efecto, tenía cara de sabio, me 
contenté con dirigir una mirada fur- 
tiva a mis rodillas. 

— ¿Y en q[ué se me conoce c[ue 
soy un sabio? 

-¡Bak!, eso se conoce..., se co- 
noce. 

—¿Además, usted no ka escrito 
en los periódicos? — apuntó Fernan- 
dita. f*$* 

—Sí señora. 

-¡Pues entonces!... 

99 



A. Palacio Valdés. 

La inocencia es para mí sagrada; 
así c[ue no c[uise profanar la de acue- 
lla graciosa criatura y me disponía a 
convenir en c[ue, efectivamente, yo 
no podía menos de ser un sabio ka- 
tiendo escrito en los periódicos, 
cuando apareció en la puerta de la 
sala la figurilla severa y displicente 
de dona Rosario. Me levanté para 
saludarla; ella me respondió con bas- 
tante frialdad y me invitó, con un 
signo majestuoso, a c[ue me sentase 
de nuevo. Las gemelas se callaron 
instantáneamente y le dirigían mira- 
das tan respetuosas y tímidas, c[ue 
me bicieron comprender en seguida 
c(ue doña Rosario, no sólo empuña- 
ba el cetro en la mansión conyugal, 
100 



A cara o cruz. 

sino c[ue lo extendía tiránico a la de 
sus hermanas. 

—¿A c[ué debo el honor de su 
visita? — me preguntó así c[ue nos 
hubimos sentado. 

—Vengo comisionado por su ma- 
rido el señor Salcedo... 

—Entonces es inútil cjue hable- 
mos una palabra más — me atajó con 
acento perentorio—. Mi marido tie- 
ne conocimiento, porgue se lo he 
hecho saber de un modo categórico 
por diferentes conductos, de c(ue ya 
no podemos vivir juntos. 

—No traigo encargo de hacerle 
nuevas representaciones acerca de este 
punto. Mi cometido se reduce sim- 
plemente a leerle a usted unos versos. 
101 



A. Palacio Valdés. 

— ¿Unos versos? — exclamó en el 
colmo del estupor. 

— ¿Unos versos? — exclamaron 
también asombradas las gemelas. 

Pero la expresión c(ue se pintaba 
en el rostro de aquélla era de repug- 
nancia, casi de indignación, mientras 
q[ue éstas sonreían dulcemente. 

— ¿(¿)uién ka escrito esos versos? 

—Él mismo. * 

— ¿£)uién es él mismo? 

—-Pues el propio don Macrino 
Salcedo, su esposo. 

—¡Ave María Purísima!— excla- 
mó kaciéndose cruces — . ¿No com- 
prende usted, Samper, (jue sigue 
loco de remate? 

—Señora, yo no comprendo nada. 
102 



A cara o cruz. 

Conozco una porción de sujetos 
cjue escriben versos y q[ue no están 
locos. 

— ¡Basta! Es una burla y yo no 
estoy dispuesta a tolerar burlas. 

—Me los ba entregado con la 
mayor seriedad, y como puede usted 
comprobarlo inmediatamente, en vez 
de burlarse manifiesta bacia usted 
los sentimientos más tiernos y res- 
petuosos. 

Sacfué al mismo tiempo el rollo 
donde venían las composiciones poé- 
ticas, pero doña Rosario bizo ade- 
mán de levantarse. Las ¿emelas se 
apresuran a detenerla con vebemen- 
tes súplicas. 

—¡Rosario, por Dios!... ¡CjXiéda- 
103 



A. Palacio Valdés. 

te, mujer! Es cuestión Je unos mi- 
nutos... No pierdes nada con ello... 
¡Virgen del Carmen, y a mí c[ue me 
gustan tanto los versos! 

— ¡Y a mí! — manifestó la otra. 

A. duras penas logramos c[ue 
dona Rosario permaneciese sentada. 

Comencé a leer los sálicos adó- 
rneos dedicados a sus pies. Acuellas 
estrofas kiperbólicas no consiguieron 
desarrugarla. Escuckaba impaciente; 
se movía con nerviosa inquietud; 
dejaba escapar de vez en cuando le- 
ves bufidos de reprobación. 

En cambio sus kermanitas pare- 
cían transportadas de entusiasmo; 
sonreían; movían su cabecita de un 
lado a otro; cerraban los ojos para 
104 



A cara o cruz. 

expresar su arrobamiento, y llevaban 
el ritmo con las manos y los pies. 
Fernandita extendía los suyos dimi- 
nutos, para hacerme ver c[ue no des- 
merecían de los de su kermana. 

Llegó el turno a las octavas rea- 
les, en c(ue don NIacrino expresaba 
de un modo patético y desgarrador 
su resolución de no olvidar, mien- 
tras le Quedase un soplo de vida, a 
doña Rosario. Esta se manifestó 
igualmente intolerante. En vez de en- 
ternecerse con aquellos sentimientos 
férvidos y frases apasionadas, las con- 
denaba con murmullos desdeñosos. 

— ¡Jesús, c[ué ridiculez!... ¡Vaya 
una majadería!... ¡Otra te pego!... 
¡Qué ganso! 

105 



A. Palacio Valdés. 

Pero sus kermanas, de un natu- 
ral más poético, aparecían conmovi- 
das; las vi llevarse más de una vez 
el pañuelo a los ojos, dando testi- 
monio de su corazón sensible. 

— ¡Qué lindo! ¡Qué primor! Es 
dulcísimo todo eso. 

Yo, animado por sus aplausos, 
tanto como furioso por las frases y 
¿estos despectivos de doña Rosario, 
declamaba, más c[ue leía, con entona- 
ción de cómico los versos de don 
Nlacrino. 

Vuel van tus ojos a mirarme tiernos. 
¿Será posible, idolatrado dueño, 
dure en ti siempre el implacable ceno? 

Cuando terminé la lectura, enro- 
106 



A cara o cruz. 

lié de nuevo el papel y lo guardé en 
el bolsillo. Hubo unos instantes de 
silencio. Dona Rosario dijo al cabo: 

— Bueno; pues yo no me pago de 
baratijas ni de palabrillas almibara- 
das. Todo eso no es más cjue una 
mermelada empalagosa. Mi resolu- 
ción es siempre la misma. No c[uie- 
ro vivir con él. 

Angelita se atrevió a proferir tí- 
midamente: 

-—No es posible, Rosario, c[ue 
seas toda la vida tan cruel. 

Aquélla, como si la kubiese cla- 
vado un alfiler, se volvió iracunda. 

— -¿(¡)ué es lo c[ue dices, necia? 
¿Te gustaría acostarte sana y ama- 
necer kecka pedazos? 

107 



A. Palacio Valdés. 

Naturalmente, a Angelita no le 
karía gracia despertar kecka pedazos 
y bajó la cabeza, resignada. 

— Está kien — manifesté yo levan- 
tándome — . He cumplido mi encar- 
go y sólo me resta preguntar a usted 
si tiene algo c(ue decir por mi con- 
ducto a su marido. 

Doña Rosario, todavía encendida 
de cólera, se mordió los latios y 
profirió con ímpetu: 

—¡Sí, dígale usted de mi jf^arte 
c(ue es un payaso! 

—¡Rosario, ¡por Dios!— exclama- 
ron a un tiempo las dos gemelas. 

-¡Un payaso! — remitió con más 
energía aún la enana. 

En vista de esto la saludé con 
108 



A cara o cruz. 

toda ceremonia y me retiré. Ella se 
levantó Je la silla, pero no dio un 
paso para desdedirme. Sus kermani- 
tas me acompañaron kasta la puerta 
de la escalera y allí, en voz kaj a, me 
felicitaron calurosamente por mi ma- 
nera de leer los versos y me kicie- 
ron vivas protestas de amistad. 

—A Macrino dígale usted c(ue es 
un gran poeta— manifestó Angelita. 

—Y c[ue acuello de 

finos tus trazos 
ciñan mi cuello en deliciosos lazos" 

es verdaderamente delicioso — suspiró 
Fernandita. 

Las deliciosas eran ellas. ToJ avia 
desde la puerta, mientras kajaka la 
109 



A. Palacio Valdés. 

escalera, seguían dirigiéndome ama- 
bles y graciosas sonrisas. 

De buena gana me kubiera lleva- 
do a casa acuellas dos miniaturas, 
cada una en un bolsillo. 



110 



EN EL JARDiN, sentado dentro del 
cenador y vigilado estreckamente jpor 
los ojos desconfiados de mi cocinera, 
me esmeraba hacía rato el J^ro^io don 
Nlacrino, el cual clavó en mí una 
mirada ansiosa y escrutadora, tratan- 
do de adivinar en mi semblante el 
resultado de la embajada. Aunque 
éste no £>odía ser más desgraciado, 
traté de temblar su rigor con una 
111 



A. Palacio Valdés. 

sonrisa insinuante y comencé a lia- 
Mar, perdiéndome en una serie de 
rodeos extravagantes. Claro esta 
c[ue guardé como en cerrado estucke 
el payaso de doña Rosario y juntos 
con él, todos los otros calificativos 
indecorosos c[ue se autorizó dirigir a 
su marido ausente. Su digna es- 
posa se kallaba profundamente afec- 
tada... Su digna esposa kabía es- 
cuckado con lágrimas de enterne- 
cimiento los inspirados versos c[ue 
le kakía dedicado; los kabía kecko 
leer dos veces... Le agradecía viva- 
mente toda la ternura c(ue en ellos 
le demostraba... Su corazón le per- 
tenecía por completo y le pertene- 
cería kasta la muerte, etc., etc." 
112 



A cara o cruz. 

— En resumen— interrumpió don 
Macrino, concluyendo por impacien- 
tarse—, ¿se kalla dispuesta a revivir 
los celestiales instantes de dicka y de 
placer en el paraíso de nuestra unión 
conyug al? 

—En cuanto a eso, amigo Sal- 
cedo, con karto sentimiento me veo 
obligado a manifestarle c( ue doña 
Rosario no siente por akora necesi- 
dad de ellos. 

Don Macrino me miró con ojos 
desolados, c(ue se nublaron al ins- 
tante de lágrimas. Apoyó los codos 
en la mesa de mármol, metió la ca- 
beza entre l&s manos y así perma- 
neció silencioso largo rato* mientras) 
yo cada vez más inquieto me pre- 
113 

s 



A. Palacio Valdés. 

garata a dar un salto y escalar en 
el caso de c[ue la noticia provocase 
en él una explosión. 

No fué así jpov fortuna. Se alzó 
al cato lentamente, me alargó con 
gravedad solemne su mano y me 
dijo con voz alagada: 

— Muckas gracias, Sam{>er. Para 
mí todo ka terminado en este mun- 
do. Míreme usted bien abatido, Lien 
kumillado. Ya me tiene usted en el 
fondo de un akismo del cual no 
£>odré salir. Detajo de este negro 
y profundo akismo, kay otro toda- 
vía más negro y más profundo y 
allí caeré kien pronto. Dekajo de 
éste otro aún... y después otro.*, 
y otro. ¡No kay akismo bastante 
114 



A cara o cruz. 

kondo £>ara mi corazón destrozado!... 

Don Nlacrino no pudo llegar a 
esta fúnebre conclusión sin dejar es- 
calar un torrente de lágrimas, le- 
vantar sus manos al cielo y frotarse 
luego la nariz con el dorso de una de 
ellas. Hecko lo cual se afianzó el 
sombrero y salió del jardín con paso 
vacilante. Al llegar a la puerta se 
volvió, me dirigió una mirada de 
amargo desconsuelo, se llevó la ma- 
no al corazón, £>uso los ojos en 
blanco, sacudió la cabeza con deses- 
peración y se lanzó a la calle. 

Al día siguiente era domingo y 
como ya kabía anunciado a Salcedo 
debía ausentarme de MaJ rid. Pasé 
el día cazando con algunos amigos 
115 



A. Palacio Valdés. 

en un coto c[ue teníamos alquilado 
cerca de Villalta. Ll egue de noche 
a casa bastante cansado y con deseos 
de cenar y meterme en la cama. 
Pena y la cocinera salieron presu- 
rosos a la puerta cuando advirtieron 
mi presencia y en su rostro advertí 
señales de tristeza y agitación. 

— ¿Ha kabido alguna novedad? 
Tenéis ambos la cara de susto. 
¿Han entrado ladrones en casa? 

—No es eso— respondió Peña—. 
Es c[ue don Nlacrino... 

— ¿(¿)ué le ka pasado a don Ma- 
crino? 

— Pues c[ue se ka suicidado. 
—¿Se ka suicidado? — pregunté 
consternado—. ¿Cómo ka sido eso? 
116 



A cara o cruz. 

— Sí; se ka dado un tiro esta ma- 
ñana en la escalera de la casa de sus 
cunadas, donde al parecer está akora 
doña Rosario. Todo el barrio lo 
sabe ya. El ckico del ganadero fué 
cpiien me trajo la noticia. 

Tanto por enterarme de las par- 
ticularidades de aq[uel suicidio como 
para manifestar mi sentimiento a 
dona Rosario y sus kermanas, resol- 
ví ir inmediatamente a dejarles una 
tarjeta. Eran ya cerca de las diez 
cuando llegué a la calle de Valverde. 
Entonces me apeteció, no sé por 
q[ué, subir a verlas. El portero me 
dijo c[ue no se recibía más c[ue a la 
familia. 

—-Yo soy de la familia— le repli- 
117 



A. Palacio Valdés. 

cjué con audacia, y subí de prisa la 
escalera. 

Cerca de la puerta del piso había 
un gran trozo recién lavado. Sentí 
al verlo una triste emoción, porc[ue 
comprendí en seguida c[ue era allí 
donde se había efectuado el sangrien- 
to suceso. 

En la minúscula salida se bailaba 
doña Rosario, sus bermanas, un ca- 
ballero v cuatro o cinco señoras. El 
caballero, según pude saber pronto, 
era pariente y las señoras vecinas. 
Las gemelas al verme se alzaron 
con presteza del asiento y vinieron 
a estrecharme la mano, rompiendo a 
llorar perdidamente. 

señor Samjfjer, c(uién nos 
118 



A cara o cruz. 

lo kabía de decir ayer cuando estu- 
vo usted aq[uí! 

Doña Rosario también me salu- 
dó, pero sin derramar una lágrima. 

Nos sentamos todos nuevamen- 
te y kubo una pausa. Yo acerqué la 
boca al oído del caballero c(ue esta- 
ba a mi lado, y le pregunté en voz 
de falsete: 

—¿A c[ué kora ka sido? 

—Muy temprano. Poco después 
de abrirse la portería se presentó 
Macrino, subió la escalera lentamen- 
te, se¿ún nos dijo el portero, tiró 
de la campanilla y antes de c[ue la 
criada saliese a abrir se disparó un 
tiro en la sien, cayendo delante de la 
puerta. Mis primas estaban todavía 
119 



A. Palacio Valdés. 

en la cama. ¡Figúrese usted c[ué sus- 
to! Luego el Juzgado, la ¿ente c[ue 
invadió la escalera, las declaracio- 
nes... Han jasado un día bien amar- 
go las j^obrecillas. 

Las gemelas seguían llorando si- 
lenciosamente. Doña Rosario, cuyo 
color es siembre tajo, lo tenía akora 
por completo amarillo. Pero sus 
ojos estaban secos, y su rostro con- 
traído revelaba, a mi entender, más 
ira c[ue dolor. 

—Era un kombre notabilísimo, 
bien lo sabe usted, Sam£>er— -mani- 
festó Angelita, secándose las lá 8 ri- 
mas. 

—¡Era un genio!— suspiró Fer- 
nandita, secándolas igualmente, 
120 



A cara o cruz. 

—¡(¡)ué criterio! Estaba siembre 
dispuesto a dar consejos. 

— ¡Y cjué versos escribía última- 
mente! Este señor puede bien decir- 
lo, porgue nos leyó ayer unos ma- 
ravillosos. 

Como no me costaba trabajo al- 
guno y les daba con ello gusto, no 
vacilé en afirmar c[ue las octavas de- 
dicadas a doña Rosario podían com- 
petir con las del Canto a Teresa, 
de Espronceda. 

—¡Y c[ué letra redondilla tenía! 
Podía servir de muestra en los co- 
legios. 

—¡Todavía bacía mejor la ingle- 
sa! — manifestó Fernandita sollo- 
zando. 

121 



A. Palacio Valdés. 

—Todas, todas las bordaba. Ha- 
cía con la pluma lo c[ue Quería — co- 
rroboró su kermana. 

Una de las señoras vecinas ex- 
presó con vekemencia c[ue un kom- 
bre así no tenía derecko a Quitarse 
la vida. 

Siguió el panegírico todavía un 
rato. Al cabo, aproveckando una 
pausa, me levanté para irme. Las 
gemelas me apretaron la mano con 
efusión, pero no salieron a despedir- 
me. Esta vez fué dona Rosario la 
c(ue me acompañó kasta la puerta. 

— ¿(¡)ué le parece a usted, ami- 
go Samper?— me dijo antes de tras- 
ponerla, fijando en mí una mirada 
dura. 

122 



A cara o cruz. 



-Un caso bien triste. 

-¡Ha sido una verdadera payasa- 
da!— exclamó furiosa, volviéndome 
la espalda. 




123 



EN LOS DÍAS siguientes kice to- 
davía algunas visitas a la familia de 
don Macrino. No me arrastraba a 
ello, como £uede suponerse, la faz 
ceñuda de dona Rosario; £>ero sí la 
de sus gentiles kermanitas, c[ue me 
kakían caído extremadamente en 
gracia. ¡Eran tan inocentes, tan afec- 
tuosas acuellas miniaturas! Como 
doña Rosario no Quería kakitar ya 
125 



A. Palacio Valdés. 

su botelito, decidieron alquilarlo. 
Con tal motivo vinieron las tres 
más de una vez a él para dejarlo en 
regla, y tuvieron la amabilidad de 
entrar en el mío y saludarme. 

Así se jasaron más de dos meses. 
Una mañana vinieron solas Angelita 
y Fernandita, subieron a mi desea- 
dlo y desabocaron conmigo las penas 
c[ue afligían su minúsculo pecbo. 
Su bermana mayor les bacía la vida 
amarga. Í(¿)ué genio! ¡c[ué despotis- 
mo! Siempre babía sido orgullosa 
y áspera, pero abora se bizo insu- 
Ule, 1 as atormentaba de mil ma- 
neras. 

— ¿Pero dependen ustedes de 
ella?— les pregunté. 

126 



A cara o cruz. 

— No señor; liemos keredado Je 
nuestros padres lo mismo c[ue ella y 
tenemos con c[ue vivir. 

— Entonces desdídanla ustedes de 
casa. 

Las gemelas me miraron conster- 
nadas. Luego tajaron sus cakecitas 
y guardaron silencio. 

Todavía vinieron a visitarme 
unas cuantas mañanas y sus lamen- 
taciones eran cada vez más altas. 
Lloraban las |>okrecillas a kilo na- 
rrando los maltratos de su díscola 
hermana. Desb ués de una de estas 
conferencias, c[ue en £>arte kakía es- 
cuckado Peña, éste me dijo son- 
riendo maliciosamente: 

—Son konitas y simpáticas las 
127 



A. Palacio Valdés. 

nermanitas. ¿Por due no te casas 
con una de ellas? 

-No está mal bensado— contesté 
riendo igualmente—. ¿Con cuál 
Quieres c[ue me case? 

—Con la c[ue más te guste. 

— ¡Si son iguales! 

— Pues con las dos no puedes 
casarte. La poligamia no existe en 
Europa. ¿CDuieres c[ue eckemos a 
cara o cruz? 

-¡Magnífico! 

Sac[ué una moneda de cinco pe- 
setas y le dije: 

—La cara es Angelita; la cruz 
Fernandita. Lckala al aire. 

Así lo kizo. La moneda cayó al 
suelo con la cara del rey kacia arri- 
128 



A cara o cruz. 

ba. Mi esposa debía ser Angelita. 

— -Akora escribe una carta Je de- 
claración en verso. 

Yo seguía tomando todo acuello 
a broma. Al día siguiente por la 
mañana, Pena me presentó la epís- 
tola escrita, si no recuerdo mal, en 
tercetos. Pero acuella nocke antes 
de dormirme pensé en el asunto, y 
mi matrimonio no se me ofrecía 
como cosa disparatada, digna de risa; 
empecé a juzgarlo como algo serio 
y creí c[ue debía meditarse. Cuando 
me desperté, por virtud de ese tra- 
bajo sordo c(ue según los psicólogos 
efectúa nuestro espíritu durante el 
sueño, me hallaba casi resuelto a ca- 
sarme con Angelita en el caso de 
129 

9 



A. Palacio Valdés. 

c[ue ella me aceitase £>or marido. 
Rormbí la carta de Pena, escribí yo 
otra en Jarosa sencilla, lacónica, mo- 
desta, declarándole mis sentimientos 
y mis {)ro{)ósitos y tuve la audacia 
de eckarla al correo. Por cierto cjue 
cuando la nube dejado caer en el bu- 
zón me acometió una vergüenza in- 
creíble. ¿Qué iban a decir acuella 
miniaturas? ¿Se reirían de mí? Pasé 
todo el día inquieto y por la nocli 
no dormí bien. Al otro día an- 
dome en el jardín después de almor- 
zar tomando el acostumbrado café 
fumando un cigarro, se aparece po 
la puerta Fernandita rebujada en s 
manto de luto. Al saludarme s 
£>uso roja y yo también. Se sentó 
130 



A cara o cruz. 

mi lado y después de algunas pala- 
bras indiferentes, me dijo en voz 
taja y temblorosa: 

-Mi kermana ka recibido su 
carta... 

Se detuvo esperando, sin duda, 
c[ue yo dijese algo. ¿Pero c[ué iba a 
decir? 

—A la verdad— siguió después—, 
no sabemos cj[ué pensar de ella. Te- 
nemos miedo c[ue usted kaya Queri- 
do burlarse de nosotras. 

— ¿Cómo burlarme? 

Protesté con todas las fuerzas de 
mi alma y me figuro c(ue con las de 
mi cuerpo también, porgue sacudí 
la cabeza y manoteé lo indecible. 
A besar Je esto, Fernandita todavía 
131 



A. Palacio Valdés. 

siguió dudando un buen rato. Al 
fin logré persuadirla de mi sinceri- 
dad, y le pregunté si podía esperar 
c[ue algún día su kermanita corres- 
pondiese a la tierna inclinación c[ue 
yo sentía por ella. 

— ¿Cómo no, señor Samper? — me 
respondió — . Usted nos ka sido 
desde c[ue le conocimos tan simpá- 
tico, c(ue cuanto le diga sería poco. 
Usted se ka portado con nuestro 
desgraciado kermano político como 
un komkre de corazón... Y además, 
usted es un sakio. 

¡Vuelta con la sabiduría! Yo pro- 
teste de nuevo, aunque mas dátil- 
mente. Terminada la protesta insistí, 
preguntándole: 

132 



A cara o cruz. 

-¿De modo c[ue usted me kace 
concebir la esperanza de c[ue An¿e- 
lita consentirá en c[ue yo la lleve al 
altar? 

— Para eso es necesario, señor 
Sam£>er, c[ue le tratemos algún tiem- 
po más, c[ue nos convenzamos de 
<|ue lo c[ue usted siente akora no es 
un ca£>ricko pasajero. Cuando este- 
mos seguras de ello, entonces no 
dude usted c[ue nos konraremos 
mucko con esa unión. 

Lo ckistoso del caso era q[ue 
Fernandita kaklaka siembre en plu- 
ral, como si fuese a casarme con las 
dos. Cuando kukimos ckarlado otro 
poco y convenido en las koras en 
c(ue podría visitarlas y kacerles la 
133 



A. Palacio Valdés. 

corte, Fernandita me dirigió una lar- 
ga mirada con expresión dolorida, 
suspiró, se puso roja, y después de 
algunas vacilaciones balbució: 

—Señor Samper, si ese aconteci- 
miento llega a realizarse, ¿no me de- 
jará usted vivir con ustedes? ¿Me 
separará usted de mi kermana? Yo 
creo c[ue moriría pronto de pena. 

— ¿^ué está usted diciendo, Fer- 
nandita? ¿Yo cometer tal crueldad? 
Usted vivirá toda la vida con nos- 
otros. No sabe usted bien lo sim- 
pática c[ue me ka sido y el afecto 
c[ue me inspira. 

Estuve tentado a manifestarle 
(Jue me era tan cara la una como la 
otra y a descubrirle el secreto de la 
134 



A cara o cruz. 

moneda eckada al aire; £>ero afortu- 
nadamente £ude contenerme. 

En fin, no se jasaron dos meses 
sin cfue J^or santo lazo Quedásemos 
unidos An¿elita y yo. Como la for- 
tuna de las kermanitas, unida a la 
mía, nos permitía vivir con toda co- 
modidad, dejamos el kotelito harto 
reducido y alquilamos un magnífico 
piso en la calle de Serrano, donde 
aún kabito. Acuellas dos kermosas 
criaturas se dedicaron enteramente a 
mí, a cuidarme, a prevenir mis de- 
seos, a kacerme la vida confortable 
y grata. Yo no* establecía distinción 
entre ambas. A los teatros, cuando 
pudimos ir, a los paseos, a las visi- 
tas, a todas partes íbamos juntos. 
135 



A. Palacio Valdés. 

No kacía un regalito a mi esposa 
q[ue no kiciese otro igual a su ker- 
mana. Para todos los menesteres o 
necesidades de la vida, lo mismo 
acudía a la una c[ue a la otra; y como 
seguían con el ca£>ricko de vestirse 
del mismo modo, con mucka fre- 
cuencia las confundía. 

— Oye, amigo. Supongo c(ue no 
llevarías tamkién por equivocación a 
Fernandita a la alcoka. 

— ¡Eso no! Para todo lo demás 
le digo en verdad, c[ue no existía di- 
ferencia entre amkas. Cuando entra- 
ka en casa de la calle, lo mismo ke- 
saka a una c[uc a otra. 

—¿Y tu mujer no se encelaka? 

— Nunca me lo demostró. No 
136 



A cara o cruz. 

puedes imaginarte el cariño y la con- 
fianza Je acuellas dos kermanas. Mi 
felicidad duró poco tiempo. Antes 
de transcurrir el ano, mi adorada es- 
posa falleció en el parto, y la niña 
c[ue dio a luz lo mismo. No nece- 
sito ponderarte mi dolor y el de mi 
cunada. Durante muckos días acue- 
llo fué una desolación. Al fin. tanto 
Fernandita como yo logramos tran- 
quilizarnos, y nuestra vida empezó a 
deslizarse con la marcka de antes, 
ella acudiendo a mis necesidades con 
sus preciosas manos, y yo dejándo- 
me servir como un sultán. ¿No es 
verdad c[ue todos los komkres lleva- 
mos un sultán dentro del vientre? 
Mas kete ac[uí c[ue una tarde, al re- 
137 



A. Palacio Valdés. 

gresar a casa, encuentro a Fernandi- 
ta con los ojos enrojecidos por el 
llanto y más triste c[ue la nocke. 

— ¿Qué te pasa?" — le pregunté 
asustado. Tardó en responderme; 
yo insté con vekemencia; al fin, sin 
despegar los latios me entregó una 
carta due tod avía estrujaba en la 
mano. Era de su kermana Rosario. 
Te advierto c[ue acuella feroz enana, 
con motivo de mi matrimonio, kakía 
roto las relaciones con sus kermanas 
y ni aun a la muerte de Angelita 
kakía venido a vernos. La carta era 
una fulminante recriminación dirigi- 
da a su kermana, por el delito de 
habitar en mi compañía. "Acuello 
era indecoroso; todo el mundo esta- 
' 138 



A cara o cruz. 

ka escandalizado, etc., etc." Aco- 
metido de furiosa cólera kice peda- 
zos la carta, y exclamé: 

—¡Lo indecoroso y lo escandalo- 
so es lo c[ue ka kecko esa víbora 
con su desgraciado marido!... Su- 
pongo c(ue no darás importancia a 
esta maligna carta. 

Fernandita tajó la cakeza sin con- 
testar. 

-¿Pero es c[ue das crédito a se- 
mejante pabarrucka? — le pregunté. 

Fernandita dijo al fin: 

— Mira, Julio, tú eres muy ino- 
cente y no sakes lo malo c(ue es el 
mundo. 

No bude menos de reír interior- 
mente, oyéndome llamar inocente 
139 



A. Palacio Valdés. 

por acuella criatura cjue no encerra- 
ba en su pecko más malicia c[ue una 
nina de diez años. Insistí con veke- 
mencia; acumulé las razones q[ue 
pude; Fernandita, con toda dulzura? 
se mostró firme. Era necesario se- 
pararnos. 

Entonces me acometió una pro- 
funda tristeza. Entonces, y sólo en- 
tonces, comprendí la desgracia c[ue 
sobre mí kabía caído. 

Mi cuñada dio los pasos necesa- 
rios para llevar a cabo nuestra sepa- 
ración. Halló con una panenta vie- 
ja, y le propuso residir en su com- 
pañía el tiempo indispensable para 
buscar un cuartito y amueblarlo. 
Habitar con su kermana Rosario no 
140 



A cara o cruz. 

se le kabía jasado siguiera £>or la 
imaginación. 

Una mañana, al tomar juntos el 
desayuno me dijo, no sin c[ue le 
temblase un poco la voz: 

—Esta nocbe, Julio, dormiré en 
casa de mi £>rima Ursula. 

(¿)uedé consternado. No j}ude 
£>asar otra sopa, de ckocolate. Nle 
alcé de la silla y me fui a mi cuarto. 
Procuré allí serenarme, y volviendo 
al comedor le dije con semblante 
alegre: 

— ¿(Quieres c[ue bagamos una 
cosa, Fernandita? Para desdedirnos 
nos iremos a almorzar a la Bombilla; 
jasamos el día juntos y por la tarde 
te llevaré a casa de tu £>rima. 
141 



A. Palacio Valdés. 

Vacil ó un instante, pero al cato 
dio su aprobación al proyecto. 

Kn efecto, poco antes del medio- 
día nos trasladamos en un cocke de 
punto a la Bombilla.' Mi cuñada me 
kabía rogado c[ue no fuésemos en 
tranvía, para c[ue los conocidos no 
fuesen con el cuento a Rosario. En- 
tramos en uno de los merenderos, 
el mismo restaurant en c[ue don 
Macrino kabía bailado un vals co- 
rrido la víspera de volverse loco. 
Almorzamos con poco apetito; am- 
bos kacíamos esfuerzos por mostrar- 
nos locuaces y jocosos, pero nuestra 
tristeza rezumaba por los ojos. A mi 
me akogaba la emoción. Cuando 
kubimos terminado de almorzar, le 
142 



A cara o cruz. 

¡propuse dar una vuelta por la Nlon- 
cloa. 

Paseamos largo rato por aquellos 
garajes, c[ue a la sazón se kallaban 
solitarios. Subimos a uno ele los 
cerros, y allí, tendidos sobre el cés- 
ped, descansamos, contemplando el 
panorama espléndido de la sierra. A 
ambos se nos kabía agotado la apa- 
rente alegría y las palabras. Estába- 
mos silenciosos y tristes. La tarde 
era de octubre, apacible y melancó- 
lica también. Sin volver la cabeza, 
mirando siempre fijamente al kori- 
zonte, dije de pronto en voz baja: 

— ¿Quieres casarte conmigo, Fer- 
nandita? 

Ella, sin volver tampoco la cabe- 
143 



A. Palacio Valdés. 

za, mirando al korizonte, respondió 
en voz taja igualmente: 
— Bueno. 

E,staka dicko todo. Pocos me- 
ses después recikíamos la kendición 
nupcial. Cuando terminada la cere- 
monia la llevé de nuevo a mi casa, 
cuando almorzamos en nuestro anti- 
guo comedor, cuando la vi inspec- 
cionar los armarios y aparadores, 
cuando la oí dar órdenes a la coci- 
nera, y por fin, cuando después de 
cenar la llevé de la mano a nuestro 
dormitorio me pareció cjue allí no 
kakía pasado nada, c[ue yo no ka- 
kía estado jamás viudo, c( ue m * ado- 
rada mujercita vivía siempre... Por 
eso no puedo asegurarte realmente 
144 



A cara o cruz. 

si lie sido monógamo o polígamo. 

— Es igual — recuse yo — . De to- 
dos modos has sido y eres feliz, 
¿verdad? 

— Completamente feliz. 

—Pues, cfuerido, recite mi en- 
horabuena. Vale mucho más tener 
huen éxito en la vida c(ue en el 
teatro. 

Quedó un instante pensativo, y 
al caho dijo gravemente: 

—Eso creo yo también, pero... te 
lo confieso; no me es posible olvi- 
dar la silba del teatro Español. 



10 



Se acabó de imprimir 
la primera edición de este 
libro, que consta de treinta mil 
ejemplares, en los talleres de la Imprenta 
Helénica, Pasaje de la ñlhambra, 
número 3, Madrid, el día 10 
de febrero de 1929. 



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pesetas. 

Tomo 26.— Por la Europa católica. (Agotada) 
Tomos 27 y 28.— Estos dos volúmenes com- 
prenden la obra universalmente célebre 
San Francisco de Asís. Precio de cada 
tomo, 4,50 pesetas. 
Tomo 29.— La quimera. 5 pesetas. 



Tomo 30.— Un viaje de novios. 5 pesetas. 
Tomo 31.— El fondo del alma. (Agotada.) 
Tomo 32.— Retratos y apuntes literarios. 
(Agotada.) 

Tomo 33.— La revolución y la novela en Ru- 
sia. 1,50 pesetas. 

Tomo 34.— Mi romería. 2 pesetas. 

Tomo 35.— Teatro. (Agotada.) 

Tomo 36.— Sud-exprés. Cuentos actuales. 6 
pesetas. 

Tomo 37.— La literatura francesa moderna. 

I El romanticismo. 4 pesetas. 

Tomo 38.— Dulce dueño. Novela mística. 

3,50 pesetas. 
Tomo 39.— La literatura francesa moderna. 

II La transición. 4 pesetas. 

Tomo 40.— Belcebú. Novelas cortas. 3,50 pe- 
setas. 

Tomo 41.— La literatura francesa moderna. 

III El naturalismo. 4 pesetas. 

Tomo 42.— La sirena negra. Novela. 3,50 pe- 
setas. 

Tomo 43.— El lirismo en la poesía francesa. 

Obra postuma. 8 pesetas. 
Tomo 44.— Cuentos de la tierra. Obra póstu- 

ma. 5 pesetas. 
La cocina española antigua. 3,50 pesetas. 
La cocina española moderna. 3,50 pesetas. 
Cuentos trágicos. En tela. 3,50 pesetas. 
Cuadros religiosos. Un lujoso volumen en 

4.°. 10 pesetas. 



Ramón Pérez de Ayala. 

(OBRAS COMPLETAS) 

I. — La paz del sendero. Poemas. 5 pesetas. 

II. — Bajo el signo de Artemisa. Novelas. 5 
pesetas. 

III. —Tinieblas en las cumbres. Novela. 5 pe- 
setas. 

IV. — A. M. D. G. La vida en un colegio de 
jesuítas. Novela. 5 pesetas. 

V. — La pata de la raposa. Novela. 5 pesetas. 

VI. — Troteras y danzaderas. Novela. 5 ptas. 
Vil.— El sendero innumerable. Poemas. 5 

pesetas. 

VIII. — Prometeo. — Luz de domingo. — La 
caída de los Limones. Tres novelas poe- 
máticas. 5 pesetas. 

IX. — Hermann, encadenado. El libro del Es- 
píritu y del Arte italianos. 5 pesetas. 

X. — Las máscaras. Tomo I. Ensayos de crí- 
tica teatral sobre Galdós, Benavente, Li- 
nares Rivas, Los Quintero, Arniches, etc. 
5 pesetas. 

XI. — Las máscaras. Tomo II. Ensayos de crí- 
tica teatral sobre Lope de Vega, Shakes- 
peare, Ibsen, Oscar Wilde, etc., etc. 5 pe- 
setas. 

XII. — Política y toros. Ensayos. Maura, Ro- 
manones, Vicente Pastor, El Gallo, Bel- 
monte, Joselito, etc., etc. 5 pesetas. 

XIII. — Belarmino y Apolonio. Novela. 5 pe- 
setas. 

XIV. — El sendero andante. Poemas. 5 pese- 
tas. 

XV. — Luna de miel, luna de hiél. Novela. 
5 pesetas. 



XVI. — Los trabajos de Urbano y Simona. 
Novela. Continuación de Luna de miel, 
luna de hiél. 5 pesetas. 

XVII. — El ombligo del mundo. Novelas. 5 
pesetas. 

XVIII. — Tigre Juan. Novela premiada con el 
primer premio del Premio Nacional de Li- 
teratura. 5 pesetas. 

XIX. — El curandero de su honra. Novela. 
Segunda parte de Tigre Juan. Premiada 
con el primer premio del Premio Nacional 
de Literatura. 5 pesetas. 

Antonio Sacristán. 

Comercio y comerciantes. 5 pesetas. 
Teorías de Contabilidad general y de Admi- 
nistración privada. 14 pesetas. 



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